06
Jul
09

Graciosos gilipollas

Un amigo mío me ha repetido muchas veces que si en este país naciese un tonto más no entraríamos; y la verdad que no se equivocó pero me da a mi en la nariz que se queda corto. Le faltó decir que lo que ya no nacen son gilipollas, o al menos no como los de antes, porque el cupo ya está lleno.

Los gilipollas de ahora son más edulcorados; ya saben,  lo políticamente correctos que viste mucho. Son los que creen en el pleno empleo del político de turno que les deja en la calle o se creen en el poder tras ganar unas elecciones que a nadie importa excepto a sus ombligos. Son los que necesitan un día en el calendario para gritarle al mundo que son normales cuando todos lo sabemos desde hace mucho y no montamos cirios innecesarios; también son los que van en bañador por la calle de Madrid como si de un paseo marítimo de cualquier pueblo de costa se tratase; pero esto ya es estético y, aunque me irrite la vista, no diré nada porque no es mi misión de hoy.

Pero hay un tipo de gilipollas que es el que a mí me preocupa. No se relaciona con sus semejantes, no vive con un cartel en la frente que lo identifique, incluso hay gente –estos sí llevan el cartel- que les llama intelectuales y siguen sus alabanzas y discursos de mundo-feliz hasta el fin del mundo.

El País Vasco, además de zona preciosa y de amplia historia militar y nacional, ha sido para su desgracia lugar de nacimiento de algunos de estos. El último nos sorprendió ayer deslizándose cual sirena por el mar con arpa y todo con unas declaraciones que si no fuese porque el tío tonto se dejó grabar cuando lo decía pensaría que darle el dudoso honor de ser el acuñador de la frase era consecuencia de alguna broma o algún tipo de venganza contra él. Pero uno que es muy confiado peca de inocente y ahí le ve,  escoltado por boliche y el hermano feo de los Marx, afirmando que “Euskadi no es un Perejil ni un islote estratégico donde algunos claven su estandarte como signo de conquista”. Para mí que el señor Urkullu llega mil novecientos años tarde; o sino, con lo que se ha pasado ha sido con el pacharán. Mira que se lo tengo dicho don Íñigo, no empine el codo antes de una charleta que luego les toman a ustedes por el pito del sereno, si es que sereno tuviese pito y ustedes algo que decir.

Es gracioso el presidente de lo que queda de partido nacionalista vasco porque no deja de ser cómico que con cara de solemnidad bautismal, con el sudor en la frente después de una caminata y hablando de colores y banderas –¿no se queja precisamente de eso? – diga tal pamplina; además lo hace más gracioso el hecho de que al nombrar Perejil me viene a la cabeza la imagen del cagaprisas de Trillo diciendo aquello de “a las ocho de la mañana y con suave brisa de levante….” Si el gran Gila siguiese con nosotros lo tendría facilísimo para sacar ese humor anti-bélico con Urkullu y Trillo.

A mi lo que me da miedo, es que la gente le vea como un payaso sin maldad; y lo primero salta a la vista, pero lo segundo es más falso que un político honrado. Urkullu tiene la maldad en sus genes, en sus antecesores, Arzallus a la cabeza; y alguien con ese currículum de mí se ha ganado, de entrada, una mirada de recelo y el pensar que lo que ladre por la boca será mentira. El partido del conquistado Urkullu es el que ha planteado un complot contra la institución democrática por no aceptar el juego limpio de perder unas elecciones, es el que se ha demostrado daba órdenes para no detener a ciertos hijos de la grandísima puta de la izquierda abertzale violenta; el mismo partido que en Vitoria dice una cosa y en Madrid otra; el partido político del servilismo y la falsedad histórica, educativa y hasta intelectual. Comparar el País Vasco con Perejil no tiene comparación con ninguna otra frase política; a excepción de la que suelta, una tras otra, Leyre Pajín y sus acontecimientos planetarios; además esa comparación tan burda me parece un insulto para sus propios votantes, que imagino horrorizados con la idea de ser un islote en medio de la nada más absoluta, sin deneíes vascos, tabernas donde tomar pinchos ni ikurriñas que izar a ningún mástil porque, simplemente, no hay espacio para mástiles.

Urkullu cree que la gente no piensa; y en eso le doy la razón al jodío.  Así que la panda tarugos que fueron con él de excursión al campo el otro día volverán a casa extasiados, con ganas de encontrar a su señora (o señor) para desfogarse de todas esas ideas y pajas mentales que se ha hecho en el Gorbea. Pero a esos gilipollas se les reconoce porque, además, son estúpidos. A Urkullu no; él vuelve a casa, se quita la nariz roja y los zapatones y uno queda totalmente sorprendido de que ese payaso no es un tío gracioso por las cosas que dice, sino que es un auténtico gilipollas. Gracioso gilipollas.

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