15
Mar
09

Bosco y Jimena

“Siempre llega tarde”, Jimena lo piensa cada mañana cuando ve que su marido, Bosco, se levanta con la hora pegada. Él, mientras, corre a ducharse y entre carreras de un lado de la cama al baño, sonríe y besa furtivamente a Jimena; provocando su sonrisa.

Llevan poco más de un año casados y, como dice Bosco, ‘por fin son libres’. Libres por comprarse una casa ya que hasta entonces vivían en un piso de los padres de ella y a Bosco le reconcomía el orgullo. Pero las cosas iban cada vez mejor así que, hipotecándose como casi todos los matrimonios, se hicieron con su piso en propiedad. Tres habitaciones, una de ellas aún vacía pero que Jimena -no se lo había dicho a Bosco- quería llenar cuanto antes con un renacuajo. Él iba con una sonrisa por la vida gracias a estos últimos seis meses, y eso que se ganó un mes de baja por un problema de espalda que se produjo al hacer la mudanza a su nueva casa. Pero aunque sonriese, cuando quedaba con los amigos a tomar una caña después del partido del domingo, les confesaba que echaba un poco de menos vivir en la capital. “Es un coñazo esto de madrugar”. Bosco fue dogmático porque, dirán que no, a nadie le gusta.

Tan coñazo era que siempre se quedaba dormido y Jimena ejercía de despertador. Bosco estaba encantado de que en vez de un ‘bip-bip-bip’ le despertase la voz serena y todavía medio dormida de su mujer. Además, cada vez que se sentaba en su cocina para desayunar y miraba alrededor se sonreía a si mismo sintiéndose con el deber cumplido. Jimena, además, había empezado a buscar trabajo para mantener los gastos del piso y comenzar a planificar ese secreto suyo que, como toda idea que nace de la mujer de la casa, se convertiría en realidad con sólo pronunciarlo en voz alta.

Bosco, todavía sentado en la cocina, vio entrar a su mujer y pensó -o dijo en alto, no lo recuerdo- que a quién le tenía que dar gracias por una mujer así. Jimena, mientras cogía su taza con dos cucharadas de café y una de azúcar que le había preparado él, pensaba -seguro que ella sí pensaba, no era de regalar oídos así porque sí- que gracias a Dios había encontrado a Bosco, que era imposible ser más feliz y que, esta tarde, le diría sutilmente lo de ir en busca de un hijo.

Todavía con espuma de afeitar en una oreja (que se quitó al mirarse en el espejo de la entrada porque Jimena no podía parar de reír) se disponía a salir corriendo Bosco. Al final, ya aseado del todo, el joven informático emprende el camino al trabajo. Todo era muy bonito dentro de sus cuatro paredes pero fuera hace algo de fresco y mientras camina todo el aire le viene a la cara. Con las prisas se ha dejado la bufanda y, además, va pensando en el tipo que se saltó un ceda al paso y se empotró contra él. Le dejó un mesecito sin coche el simpático conductor aunque, con un poco de suerte, el viernes lo tendrían arreglado.

Mientras esperaba mandó un mensaje por el móvil a Jimena porque, con las prisas, no le había dicho que la quería y, manías de él, se lo tenía que decir al principio del día para que su trabajo fuese perfecto. Al subir y sentarse -casi inicio de trayecto, los sitios abundan- ladeó la cabeza apoyándola contra el cristal, se puso los cascos de su mp3 y comenzó a ver, otra vez, los cartelitos publicitarios que hay a ambos lados de las carreteras de acceso a Madrid. Ahí siguen ZetaPé y Marianico con las fotos retocadas y sus frases vacías. Le parecía que los había visto millones de veces y eso que siempre viajaba en su Seat Toledo heredado de su padre excepto este tiempo de obligada abstinencia de viajar en coche.

Miraba el reloj constantemente, llegaba tarde. Mira que se lo había advertido un sin fin de veces Jimena pero él siempre apuraba en la cama. Esboza una sonrisa cuando se da cuenta de que no es el primero ni será el último en dormirse y, además, lo único que va a pasarle es pagar los cafés de todos los compañeros por ser el rezagado así que piensa, mientras se ajusta en los incómodos asientos, que ojala no sea el único que se haya quedado dormido. Con la idea de Santi, su compañero de mesa, riéndose de él y exigiendo su café se quedó dormido.

Volvió en sí cuando una voz mecánica gritó “Asamblea de Madrid”. Le miraban con cara rara una pareja de veinteañeros que tenía delante y deseó no haber roncado y que, como mucho, esa cara extraña fuese producto de que se le hubiese quedado la marca de la correa del reloj en la cara. Después miró la hora, pronto. Al final recuperó tiempo en el trayecto así que, para reírse de -y con- Jimena, llamó. “Así que iba a llegar tarde, ¿eh? ¡mira!”. Se rieron por alguna gracia que ella haría y colgó el teléfono espetando un ‘esta tarde nos vemos’ y un  ‘y yo también’. Justo después, cuando ya te vas levantando porque el viaje toca a su fin y piensas cualquier cosa, sacó corriendo el móvil y buscó el calendario. Cuando hay que ir a trabajar no sabía en qué día vivía, o si lo sabía le daba igual; temía haberse olvidado del cumpleaños de su hermana Silvia. Menos mal, todavía no era día quince. Agarrado a la pasarela, de pié junto a esa pareja de veinteañeros que ya no le miraban sino que luchaban por ser los primeros en salir en cuanto parasen -‘ellos sí llegan tarde’ pensó-, mirando las ropas tendidas en las casas que bordeaban las vías y con el móvil todavía abierto le vino otro pensamiento, el último del viaje: ‘Este finde me escapo con Jimena a una Casa Rural. ¡Por fin es jueves!’. Era jueves, sí. 11 de marzo de 2004.

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