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Feb
09

La Historia nunca miente

Si me lo permiten hoy vamos a ir de conmemoración histórica y, si no me lo permiten, ya pueden darle al aspa de arriba a la derecha y cerrar esto porque lo van a leer sí o sí. Además me servirá para deshacer un montón de estupideces que se dicen y refieren a dicha batalla. El pasado 10 de febrero se cumplieron 66 años de la Batalla de Krasny Bor -Bosque Rojo a la traducción- emplazamiento cercano a Leningrado y que tuvo lugar en el cerco de esta insigne -y bonita, por cierto- ciudad rusa.

Debido a los nostálgicos de camisa carcomida por las polillas de un lado, y a los repartidores de carnés de progresismo del otro, el maniqueísmo en torno a la expedición española ha sido la seña de identidad en este país que si algo tiene de especial es su capacidad para enterrar en la tumba más profunda sus hazañas bélicas o históricas. Krasny Bor es sólo una muestra del saco donde también podemos encontrar a Blas de Lezo en Cartagena de Indias, el asedio a La Coruña con María Pita o, también, la Batalla de Tenerife contra el ‘invicto’ Nelson.

El caso, Krasny Bor fue la única vez que los españoles se enfrentaron en combate directo a la Unión Soviética y la verdad que perder, perdimos; aunque para algo bueno que tenemos los de este lado de los Pirineos diré que, perdimos con estilo y sino, miren los datos: seis mil infantes españoles frente a 44.000 soldados soviéticos -sin contar carros de combate, morteros y otras piezas de artillería que no recuerdo el nombre de memoria- y cayeron trece mil rusos por cuatro mil españoles. Ahí es nada. El problema es que los generales del perturbado Hitler -y el mismo Adolfo- estaban muy ocupados en mover sus figuritas sobre el mapa del Risk como para ir a ayudar a cuatro pringados de un país que decía ser amigo pero que pasaba de la guerra. Así que, después de darles el flanco más débil del cerco a Leningrado tenían claro que no aguantarían un ataque de todo el arsenal que se les venía encima. Pero los españolitos de a pie, no muy listos pero si muy honrados cuando se trata de darnos de hostias, dieron una lección a Alemania, a la Unión Soviética y a nosotros mismos demostrando que el honor, el compañerismo y el ‘si tú caes, yo caigo’ no era exclusivo de arios o camaradas tovarich, sino que de eso sabemos más que nadie aunque solo sea por Historia. Otros que no tuvieron la suerte de morir esa mañana fueron enviados a esos parques de recreo de los que nadie quiere hablar, de nombre Gulags-. Y los terceros, que ni murieron ni fueron enviados a esas atracciones, regresaron a España para contar una historia que ha sido borrada sin mirarla, simplemente porque su época no gusta.

Ni Franco, ni la nacionaldemocracia ni el comunismo tienen absolutamente nada que ver con lo que encarnan esos cuatro mil muertos españoles, lo que pasa es que catetos los tenemos a patadas en el mundo, y en España para qué les voy a contar, así que el “si lo dice mi enemigo es que es malo” junto con la desinformación y la falta de cultura histórica han hecho que esta batalla se convierta en un blasón de cuatro cabezas rapadas ineptos -para algo que leen lo malinterpretan-. Esa es la razón por la que nadie quiere recordar nada nunca. No es cuestión de idearios sino de miedos. Miedo a ser visto como un bicho raro o, en este caso, un nazi, un franquista o un nostálgico. Quien se acerca a la Historia como ella se acerca a nosotros, es decir, como sucesión de actos, es imposible que se convierta en algo perverso. La época de Fernando VII puede interesarme, pero no me convierte en amigo de ese engendro, sin duda el peor monarca de España. Sólo por sentir curiosidad en la historia bélica de mi país me han llegado a llamar -junto y a la vez- nazi, carlista, monárquico y republicano (incluso opresor de provincias libres opinando sobre la Guerra en Marruecos).

En mi capítulo anterior les dije que España es la historia del olvido, este es un ejemplo más. Pero no ya por parálisis educativa, sino porque queremos olvidar. Esos cuatro mil hombres, independientemente de sus motivaciones, lucharon contra un régimen dictatorial -la mar de divertido aún hoy para muchos intelectuales- como hemos hecho siempre los españoles: con honor, con capacidad de reacción y con talento ante las situaciones nebulosas. Esos valores son lo que ha hecho a otros países aceptarse y crecer. A nosotros todavía nos queda ver que el olvido es la peor forma para conocernos y así, hoy, intento recordar un trozo de nosotros. No una historia de ‘la época de los nazis’ como dicen los libros de texto, sino una historia real donde lo que importa es la fidelidad al compañero y la lección a la soberbia del que se cree grande, no el símbolo del estandarte.

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1 Response to “La Historia nunca miente”


  1. febrero 17, 2009 en 11:29 pm

    Si a eso lo llamas perder…es una victoria táctica de toda la vida dado que el Ejercito Rojo no rompió las lineas, lo mas que avanzó fueron 3 km y recibió bastantes mas bajas de las que causó. Otra cosa es que después de aquello la DEV quedara para choped…pero bueno…es lo que tienen las guerras.

    En cualquier caso no se de que te extrañas que en la España actual hablar de estas cosas provoque urticaria…si en los anuncios de reclutamiento ponen canciones que dicen “…no quiero hablar de la lucha si no estamos preparados…” mientras enseñan maniobras tacticas de reparto de magdalenas que puedes esperar…

    Saludos!


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