14
Dic
08

Una hostia a tiempo

Cuando era pequeño era un cabrón. Ahora quizás también, pero cuando mi única preocupación era jugar al fútbol y ver Bola de Dragón lo era con malicia aunque, eso sí, con una picardía innata. Dirán que menuda afirmación gratuita les acabo de soltar. Tienen razón pero no en lo de la gratuidad, ya que justifica la cantidad de bofetadas, capones y zapatilladas que me he llevado.

Resultaba divertido comprobar a menudo lo fácil que era que mi hermano se llevase un capón de mi padre. Bastaba con gritar y sollozar en el preciso instante en que mi hermano se colocaba a una distancia en la que me pudiese pegar. Lo veía mi padre, se levantaba, capón y para su cuarto. Los tebeos de Zipi y Zape y Mortadelo para mí toda la tarde. La venganza de mi hermano no se hacía esperar, pero las hostias entre hermanos son parte del juego. Desde que lo acepté como cosustancial a la convivencia con él todo me fue mejor. Este juego cambiaba si sustituimos padre por madre. Mi hermano es el ojito derecho de nuestra santa madre así que con la misma acción sólo conseguía que mi madre, sin mirarnos, dijese: “Diego, deja a Jaime en paz”. Claro, si ese era el único castigo ni Zipi, ni Zape, ni Mortadelo y, además, leche de mi hermano por intentar meterle en un lío. Hay veces que la situación cambiaba -pero no los protagonistas-. Verbigracia. Mi hermano y yo desobedeciendo los gritos de mi madre de que nos callásemos y dejásemos de pelear hasta, por supuesto, el momento en que comenzabas a oir unos pasos rápidos hacia tu posición -solía ser después del trigésimo-cuarto aviso-. Instintivamente cada uno se iba a su cuarto lo más rápido que podía y yo, personalmente,me ponía a mirar al techo escudriñando hasta el más mínimo detalle. Mi madre, que como todas no es tonta, se acercaba con la zapatilla en la mano y ¡zas!.

Recuerdo mi infancia como una travesía divertida en la que ser más espabilado era una ventaja -como hablé de ellos diré que las andanzas de Zipi y Zape ayudaban con alguna trastada-. Claro que con los padres era distinto. A los chicos se la podías liar con cosas del tebeo porque había algunos que ya tenían consola y fueron abducidos por ella. La primera vez que pataleé por una consola -llegando a usar el recurso de ¡al suelo! en lugar público- fue resuelto por mi padre con una colleja. Me levanté inmediatamente, se me cortó el derrame de lágrimas de cocodrilo y el sollozo que de verdad me llegaba por la leche fue suprimido con hombría -en mi corta edad- ante el miedo de otra nueva represalia. Cuando, oculto en una servilleta, tiraba a la basura comida que no me gustaba o que, simplemente, no me apetecía mi madre me perseguía por el pasillo hasta mi habitación -considerado por mí lugar neutro, mi madre incumplía una y otra vez ese pacto internacional- donde siempre me terminaba arrinconando y diciendo la frase que, en mi casa, sólo significaba una cosa: “Quítate las gafas”. Hasta para darte un bofetón era considerada. No quería que me las clavase o quizás no se las quería clavar ella o, mejor todavía, no iba a romper algo que había pagado ella. El último recurso -de perdidos al río- que nos quedaba a mi hermano y a mí era negarnos -maldita la hora-. La segunda vez que nos amenazó con lo de las gafas nos faltó tiempo para quitárnoslas. Incluso creo que mi hermano ya se las había quitado antes de que dijese nada. Muchas veces, seguramente todas, implorábamos nuestro perdón aunque no solíamos conseguir resultados. Lo máximo que conseguíamos era que a los cinco minutos del bofetón por tirar la comida, pegarme con mi hermano -técnicamente era ser pegado por él-, pintar el sofá, cruzar la calle sin mirar, jugar con la pelota por la acera o en casa, por gamberradas colegiales de las que se chivaban esos traidores llamados profesores o esas niñas a las que les molestaba que se les viesen las bragas, o por algo que no recuerde pero que, seguramente, me lo mereciese llegaba mi madre con cara de pena y te pedía perdón, ¡a ti!. Tú hacías la gamberrada y como ponías cara de ser la víctima cuando te metían con la mano abierta les hacías sentir culpable. Aunque nunca entenderé la frase de que le dolía más a ella que a mí, algo que sigo dudando todavía hoy. Lo que no dudo es que esas hostias -y otras que me llevé-  me las tuve más que merecidas e, incluso, hubo gamberradas que se quedaron sin ese castigo. Menos mal que por aquel entonces éramos, la sociedad, un poco menos gilipollas y pegar un sopapo en público a tu hijo no era motivo de nada más que de un “¡a saber la que le ha liado!”. Y me anticipo a los gilipollas que suelen leer y no entender nada para decirles que es distinto un sopapo que el maltrato y que eso se nota a la legua con un poquito de vista que se tenga y un poquito -no demasiado- de intelecto.

Pues hay gilipollas que siguen sin entender esa diferencia. Los tontos del haba de un colegio que denuncian a una madre por abofetearle. Cuánto mal hacen series de profesores como colegas enrollados cuando en realidad lo que deben ser es maestros educadores respetables y no jugar a personaje de televisión. Un hijo lanza una zapatilla a su madre al recibir una bronca, esa es la acción. La reacción, pues collejón por espabilado. Excepto para Yupi, los que viven en su mundo y para una juez de Jaén que dicta sentencia contra la madre. Juez soplapollas, eriza, abrazafarolas y cualquier otro adjetivo despectivo y compuesto que se les ocurra aunque, en resúmen y haciendo uso una vez más de mi palabra favorita, es una hija de la grandísima puta. Separar a un hijo de su madre durante un año por un bofetón -el hijo, además, dice y redice que se lo merecía y aunque no lo dijese, ya se lo digo yo-  y encasquetarle a la madre antecedentes penales se me antoja una memez. Esta sentencia sólo está a la altura argumental de un borracho, de algún pacifista estúpido como Pepiño o de un yonki pacifista -todo junto-. Una juez abrazada a unas ideas enfermizas de progresismo y de lo políticamente correcto o a una botella de Dyc puede hacer mucho daño. Lo triste es que haya gente que piense que menos mal que está la borracha pacifista para hacer justicia, que cómo se le va a pegar a un menor por muy hijo y por muy mal que se porte, ¡cómo vamos a permitir eso en el año del sesenta aniversario de la Declaración de Derechos Humanos! Falta Berzosa  para completar el elenco de progresistas amigos de los niños. Es vergonzoso asistir al debate de si son malos tratos o  ‘derecho de correción’ -así lo llaman-  de los padres. La mera suposición de que son malos tratos causa sonrojo y nos hace peores como personas. Pero, una vez más, que se puede esperar de una sociedad en la que todo vale con tal de ganar, donde lo políticamente correcto significa libertinaje, donde se incumplen los más elementales principios del sentido común -si alguien de los que decidiese tuviese sentido común y principios claro-, donde el pacifismo -gracias también a una Ministra de Defensa que dice que el Ejército es pacifista- es el non plus ultra de lo ‘guay’ y todo lo demás es violencia gratuita.

Si esa bofetada -esa, sólo una- se merece prisión, mis padres estarían en el corredor de la muerte. Aunque, extraño síndrome de Estocolmo el mío que les quiero y adoro, les agradeceré mil veces la educación que me dieron y, por supuesto, no les tengo que perdonar los bofetones sino que ellos me tienen que perdonar las capulladas que hice. Porque eso forma parte de la educación ya que una mala acción debe llevar consigo un castigo a la altura y no una mala mirada con conversación trascendental sobre el bien y el mal con ocho años que es lo que defienden -entre otras memeces propias- los psicopedatontos del siglo XXI y, al parecer, la juez estrella de Jaén. Y las asociaciones pro-todo por obligación aplaudiendo la decisión. Si es que una hostia a tiempo quita mucha tontería.

Anuncios

2 Responses to “Una hostia a tiempo”


  1. diciembre 15, 2008 en 11:27 pm

    La justicia en este país, y en parte del extranjero, es de coña: tu mira la somanta de hostias que le dan y la que le va a caer al “Mojamé” que uso sus zapatos como arma arrojadiza contra el amigo Bush que, por cierto, que visión de juego y que reflejos gasta.
    Al hijo de la señora por lanzar una zapatilla (¿que fuera de andar por casa sera atenuante?) solo le cayó un bofetón y encima enchironan a la señora madre…yo, en este caso, soy mas partidario de aplicar la Ley del Talión en versión libre: un zapatillazo a madre, hijo, juez y fiscal y todos felices.

    Saludos!

    P.D.: al resto de visitantes de este blog: no sean maleantes y comenten que este mano a mano entre Jaime y yo no es buena cosa…

  2. 2 elnako
    diciembre 25, 2008 en 5:31 pm

    Me ha gustado mucho el texto, según esta juez mis padres también deberían estar en el corredor de la muerte. Las gracias que les debo por haberme soltado un capón cuando lo necesitaba. Vivimos en el mundo al revés, y según pasa el tiempo, peor. Un saludo


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: