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Intromisión en la vida pública

Resulta curioso -a la par que frustrante- comprobar semana tras semana que tengo razón. Lo frustrante no es que tenga razón -faltaba más- sino que en lo que nunca fallo es en una de esas cosas que dices, ojalá no fuese así. Ojalá sea yo el tío más equivocado del mundo. Pero niet, ya se encarga el mundo de darme la razón. Hace algunas semanas les hablé de esa señora tan simpática hablando a voz en grito en el autobús y como se nota que soy un periodista con ninguna influencia porque la gente no me hace caso, nadie se queja de lo que escribo y, lo que es peor, reinciden en los actos que me empeño en criticar.

Verbigracia. El viernes pasado yo estaba socializándome de forma nocturna con unos amigos -y con mi hermano que es el primer amigo-. Cuando terminamos con el Red Label del local y las horas invitaban a dormir -o a levantarse si se trabajase el sábado- cogimos un taxi para volver a casa. Al montar, el taxista -un hombre bajito, muy moreno de piel y con una cicatriz del codo a la muñeca- nos pidió permiso para hacer una llamada. Total, los taxistas son los amigos de no cumplir las normas de circulación así que por una más, qué mas dará. Hasta me pareció correcto que nos pidiese permiso. Llamó a su novia -supongo- y cual es mi sorpresa al comprobar que el móvil está con altavoz. Todavía tendría un pase si fuese un manos libres me digo, pero no. El taxista me quitó esa idea cuando se colocó el móvil pegadito a la oreja, como tantas veces hemos hecho todos. O sea que sordo o gilipollas. Le cogió el teléfono Sara; y digo Sara porque es como él llamó a ese gruñido que salió del auricular porque la pobre chica tenía las mismas ganas de hablar como de que alguien le partiese una silla con pinchos y un rodillo metálico en la espalda. Pero el taxista estaba empeñado en despertarla y en darnos el viaje a mi hermano y a mi, así que seguía preguntándo estupideces. Que si no la entendía -que alguien le haga la prueba de despertarle y acto seguido ponerle a un tipo diciendo tonteríaste. A ver quién le entiende a él- y que la iba a llamar ¡en cinco minutos! Igual pensaban que pidió perdón por despertarla y se despidió, que esperanzados de la vida les notom sólo dije que le daba tiempo a despertarse y volvía a llamar.  Además, manda narices, la pregunta de qué tal durmió como colofón de la hoda a la memez. Se ve que le estás reventando la noche pedazo cromañón. Encima de todo esto, el tipo no se cansó de criticar a sus clientes con frases como “la noche mal menos una carrera al aeropuerto”, “la gente es una mierda” y cosas así. ¿Qué clase de persona hace eso? y con otros clientes delante. Hay que cargarse mucho de paciencia para no ciscarte en sus muertos en ese preciso momento y pensar en que si lo hiciese posiblemente no llegaría vivo a mi destino. Al final nos tuvimos que enterar de su conversación con la chica -conversación que estoy seguro ni ella quería que se produjese ni yo quería oirla-.

No se crean que la estupidez de la gente con el móvil termina aquí. Si ejemplos hay para empapelar el Palacio de Oriente. Esta semana paseaba por el barrio de Properidad y en lo que recorría una manzana me crucé a cuatro chicos que iban con el móvil a todo volúmen. Entre el sonido pésimo del cacharro y la cara de “ei tío como molo” dan ganas de tener unas cartucheras con magnum 44 incluída. ¡Payium, payium! justicia social se llama eso y a vivir tranquilo. Al rato, en una tienda de ropa -compraba calzoncillos- dos personas detrás mía a voz en grito hablando del ‘bombo’ de la mujer. Un poco más y me acabo enterando de los centímetros del cacharro del listo que se la benefició. Y con todo esto te vuelves a casa acordándote mentalmente de los familiares de todos aquellos que te obligan a enterarte de su vida porque, entre otras razones, tienen una vida de lo más escandalosa -por los decibelios con la que la cuentan-.

Luis y yo, que solemos hablar de estas cosas -sí, somos unos cascarrabias como la copa de un pino-, comentando en multitud de ocasiones lo molesto que nos resulta esta practica. Todo se resume en una sentencia suya que copio al hacer mía su afirmación. Luis viene a decir que hemos pasado de la intromisión en la vida privada de las personas a la intromisión de la vida privada de las personas en la vida pública de los demás. Este siglo XXI que todos miran con asombro se ha dado como el de la deseducación y el todo vale para cumplir cualquier cosa. Si te quieres encerrar a dormir en la facultad haciendo que parezca una pocilga, puedes -libertad de expresión lo llaman los tontos del haba-, si quieres secuestrar un barco y pedir rescate puedes -y aquí que nos tomamos la gilipollez como forma de vida no sólo puedes sino que debes-. Las formas son lo de menos, lo importante es el fin -eso que tanto se criticó siempre-. Lo único que importa es ser feliz y que no coarten mi libertad. Una palabra que ha perdido totalmente su significado porque si fuese así, ¿dónde queda mi libertad de poder andar tranquilamente o de coger un taxi e ir en silencio o con una conversación? ¿mi libertad para mandarles con aire fresco a comprobar la profundidad de la fosa de las Marianas es menos que la suya a ‘perrear’ por la calle?.

Por fortuna en este tema no estoy sólo. Salvando amigos existe un estudiante de psicología -y no es argentino-  que ha creado MEMPEC (Métete El Móvil Por El Culo) donde hace un llamamiento para que la gente se compre unos cascos. Incluso apunta que en las tiendas de todo a cien -o chinos en esta época- no cuestan más de un par de euros. Me parece muy acertada su iniciativa, no quiero hacer publicidad gratuita pero ya es hora de que los estudiantes se moviesen por cosas cotidianas y no por memeces políticas y libertarias. Lo que me fastidia es que habrá gente que se piense, desde su ignorancia -para ellos bendita ignorancia-, que es una broma más. No diferencian el sentido del humor inteligente con la chanza de barrio y no le tomarán en serio. Pensarán que es una coña y reirán. Es verdad, la gente esa que va con el móvil por la calle. Ja ja y ja ja, que divertido todo. Pues no, somos pocos pero hay gente que estamos hasta las narices de que cada uno se aguante su cirio y si el cirio del vecino hace ruido me da igual; y si mi otro vecino le cuenta a ladridos a Fulano lo que pasa con su cirio también nos es indiferente y sólo ladramos si lo que nos tocan es el nuestro. A mi ya no me quedan ganas ni de quejarme socialmente, me vale esta página como navajazo semanal y mis conversaciones con Luis. Ojalá el taxista llame un día con el altavoz a la tal Sara y se lo coja el tal Manolo y ojalá ese cateto que va con la música a tope no oiga a la moto pitar y cruce alegremente mientras canta, para todo el barrio, el último hit de la semana.

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1 Response to “Intromisión en la vida pública”


  1. diciembre 8, 2008 en 2:02 am

    Siempre entendí que la libertad de uno termina donde empieza la de los demás (en esto incluyo mi libertad a no escuchar la vida de todos los maleantes que andan por la calle) pero esto, como todo hoy en día, también debe ser relativo…puto relativismo…

    ¡Saludos!

    P.D.: a costa de ser el único que comenta este blog me estoy ganando el ser mentado en los artículos…je


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