01
Dic
08

Vecinos perfectos

Alguna que otra vez he comentado en estas líneas dominicales mi trastorno mental acerca de que la gente de la sierra es mejor que las personas ‘asfaltícolas’ -término que acuñó mi abuelo para insultarme por motivo de mi huída desde los campos gallegos a la capital, si bien es cierto que depués me fuí de la capital a la sierra-.

Hace poco me tumbó mi teoría una señora que cacareaba en el autobús de Navacerrada con la ya famosa Conchi. Pero ¡qué le vamos a hacer!, mi madre ya pasa de intentar cambiarme y poco le falta a Cristina. Soy cabezón y, por llevar la contraria, seguí pensando igual de la gente de aquí creyendo que esa mujer era la excepción que confirmaba la regla. Niente, de eso nada monada. Hoy me ha llegado con todo el frío polar un pingüino que me miró, se acercó, abrió la aleta y ¡zas! en toda la boca. Que eres un ignorante Jaime y no puede ser.

El pingüino me ha enchufado por mis vecinos colladinos. Los del primer pareado que empieza a continuación del mío. Nunca me han caído muy allá pero no les voy a mentir, no me caen muy allá ninguno de mis vecinos excepto una chica de diecisiete años de la acera de enfrente. Cuando nos cruzamos pasando cerca siempre sonríe -se agradece-, saluda con un “hola”, contesto con el mismo ritual y seguimos nuestro camino. ¿Dónde se ha quedado la cortesía vecinal? En esa chica por lo que veo. Los vecinos que les mento son, en concreto, dos chicos que no pasarán los treinta y cinco años, trabajan algunas veces de noche y suelen saludarme levantando la cabeza o la mano -reciben lo mismo de mí por supuesto-. Tienen el césped a una altura tal que nada tiene que envidiar al Amazonas, da miedo entrar allí por si encuentras algún yacuna con ganas de marcha. Tenían una perra, Raika, la cual me daba tanta pena que siempre le sacaba comida por la verja y la acariciaba porque, pobre ella, se pasaba el día en la parte trasera de la casa. Ese mismo césped que les comentaba sigue cubierto de excrementos de la perra. Por cierto que Raika un día dejó de estar allí, no tengo ni idea de dónde estará pero le aseguro a Raika que sea donde sea es mejor que en esa prisión.

Mis compis suelen invitar a amiguetes. Me parece normal e incluso bien. Como si quieren metérse el alcohol con un embudo por el esfínter que yo ahí ni entro ni salgo porque por suerte no llega el ruido a mi casa. Pero donde si entro es en la falta total de educación, de convivencia y de un mínimo de respeto. Soy el primero que no conviviría si pudiese pero me veo obligado a vivir cerca o rodeado por engendros de mi misma especie por lo que unas mínimas normas sociales me parecen aceptables siempre que sean un poco lógicas. Y a mi me parece lógico que en una urbanización privada de no más de sesenta chalés nadie pague un pastón por el vado para su garaje. Me parece sensato creer que la gente usa su garaje o techado para el coche; sobre todo en invierno donde si no lo usas puedes tardar media hora en limpiarlo por la mañana. También es sensato creer que la gente lo sabe por lo que nadie aparca en las puertas de los garajes de los demás. Tan sensato es que ni siquiera yo aparco en esas puertas incluso sabiendo que no la usan para tal fin -es el caso de mis vecinitos-. Pero claro, de gente que tiene a un perro abandonado -sin morirse de la vergüenza de ver cómo ese perro cada vez que le hacían un mínimo de caso se desvivía por ellos- no se puede esperar que piensen de forma lógica ni, incluso, que piensen. Cuando los compadres de mis primos aparecen aparcan una y otra vez en mi puerta. Me hacen perder el tiempo en ir hasta su puerta, timbrarles, aguantar la cara de soplapollas del que me abra la puerta -suele ser indiferente quien sea porque esa cara la tiene- y que me tengan esperando para ver de quién es el coche. No sé ustedes pero yo suelo conocer los coches de mis amigos. Nunca falla. Si hay un coche en mi puerta es de ellos, siempre.

Hoy ha sido el enésimo episodio. Un Renault Megane en mi puerta, cinco minutos esperando que decidiesen de quién era el coche y una chica que sale pidiendo disculpas a retirarlo. Ya hay que ser gañán para tener que joder una puerta cuando hay sitios para aburrir en la urbanización. A cinco metros se puede aparcar todo un concesionario en línea si se quisiese. Al último que se quedó en mi puerta le quité los cuatro tapones de las válvulas de los neumáticos. Mi nivel de maléfica venganza es una mierda y para no repetir tan estúpida reacción -y no dejar a mi madre hacer lo que tantas veces ha amenazado, rajar las ruedas- decidí llamar amablemente. Iba dispuesto a escupir culebras por la boca cuando el que esperaba dueño del Renault Megane resultó ser dueña. Se me vino el mundo encima, me quedé callado sin capacidad para gritar. No porque fuese guapa, sino por su condición. Me parecería muy descortés gritarle a una chica. Así que hoy me desahogo por aquí.

Algunos dirán que los coches que aparecen en mi puerta nunca son los de mis dos compis, tienen razón pero no dejan de ser tontos del haba. Cierto es que los amigos que aparcan en la puerta no son premios nobel precisamente porque quien suele ver una puerta de garaje la suele evitar pero también hay que ser gilipollas para no decir a esos cegatos que quite el buga de ahí. Vamos a ver amables estúpidos, a ver si os queda un poco más claro: hay gente que piensa y usa el garaje -quizás no sea lógico si se tiene un hueco a cubierto meter el coche en él, pero no todos llegamos a vuestro nivel intelectual, lo siento-, que me estoy cansando de iros a timbrar tropecientas veces para pedir que nos quitéis vuestros putos coches de la puerta. No voy a amenazar con haceros algo yo, -para qué- sino que os amenazo con dejar a mi madre actuar impúnemente. Con una navaja y con la mala hostia que se gasta -la heredé yo- os aseguro que desearéis no haberos sacado el carnet en la puta vida. Y sino siempre quedarán los Miami. No sois más que gentuza, no espero nada de dos personajes que tienen un perro porque es muy chic pero que no son lo suficientemente humanos como para cuidarle. Si lo de los coches es lo de menos, total, siempre se pueden pinchar ruedas pero lo de esos agilipollados no tiene cura, ni nombre. Mil veces más les tendré que timbrar para pedirles que si tal coche es suyo cuando la respuesta es obvia. Que pasen de la humanidad me parece bien porque no vale para nada, pero es que ellos sólo valenpara ir a tomar por culo, para que un día Raika -su perra- vuelva y les mande al otro barrio mientras, como no, yo les mando sus coches al desguace. Y todos felices. La gente de la sierra, al final, es mejor.

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1 Response to “Vecinos perfectos”


  1. diciembre 2, 2008 en 12:21 am

    Di que si…¡prendele fuego al coche de los vecinos, a su casa (pero cuidado que el fuego se corre de una a otra) y, si se ponen tontos, a ellos tambien! Que no se diga que los de la sierra sois pusilanimes…je

    Saludos!


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