10
Nov
08

El autobús que cacarea

Alguna semana tenía que pasar. Hasta ahora habían sido días esporádicos pero era demasiada suerte. Tres años ha que resido en la sierra madrileña, era mucho pedir. Por fin he usado el autobús como medio habitual de transporte. Me refiero a los verdes esos que hay por ahí -incluso los de Navacerrada son como los que otrora eran de Sepulvedana; parece que nos vamos de viaje de fin de curso-. Llámenme bohemio -o soplapollas ignorante-, pero estaba convencido de que esos autobuses serían mas normales que los urbanos, más humanos. Y mi circuito mental para pensarlo no era más que la idea de que la gente en la sierra parece -digo parece- más formal y educada. Será por el frío, que nos tiramos el santo día encerrados y para treinta minutos que salimos habrá que saludarse y esas cositas de conciudadanos modélicos.

Y ya me vale a estas alturas de la película seguir pensando bien de la gente. No sé a qué se debe que tenga  esta idea idílica de la abigarrada mancha de personajillos que somos y seremos -y fuimos por supuesto-. La gente es igual de estúpida en Navacerrada, en Villalba, en Madrid y hasta en Villarcayo de la Merindad de Castilla la Vieja -provincia de Burgos por si quieren acercarse-. E incluso son igual de cotorras sin pico, típicas señoras de moño de peluquería. Que tienen toda la pinta de ir a misa y ponerse a criticar a la vecina con el vermuth de después.

Allá vamos. Cargo, apunto y disparo. El viernes, como otros días de esta semana que finaliza, me monté en el autobús con destino Madrid para, como buen estudiante, asistir a una conferencia de mi profesor de opinión pública sobre, como buen profesor, gilipolleces y estupideces políticas -redundancia si, pero tontos hay en todos lados-, además de sectaria por cierto, algo que no me sorprende ya que antes de que empezase a soltar paridas demagógicas partidistas por la boca sabía lo que iba a decir. Está mi compi Guillermo Del Palacio para confirmarlo.

Me lío a hablar y no centro el disparo. Decía que monté en el autobús. Era tarde ya, las diez y media de la mañana más o menos. No había tenido primera hora y me vino que ni pintado porque el día anterior había salido a socializarme durante la noche. Mis ganas de dormir eran evidentes así que me hice fuerte en un par de asientos y usando mi carpeta como acompañante conseguí que nadie se sentase a mi lado. Vi el cielo abierto y ladeando la cabeza me propuse dormir con música en los cascos. Vaya, se me descuajeringó el cacharro de la música. No importa me dije, con el sueño que tengo me da igual dormirme así. Y sí, la verdad que lo estaba consiguiendo hasta que empecé a escuchar -a voz en grito- a una señora que saludaba efusivamente a una tal Conchi. Remarco que la señora que saludaba resultó ser una de esas que cuando la miras después de oir su voz descubres que tiene una voz que pega con su gepeto: insoportable. Con gran sufrimiento acepto que se salude de manera excesiva y cariñosa porque igual no se veían desde que a la fea de la saludadora le amputaron la belleza con la misma fuerza con la que le amputaría yo las cuerdas vocales; pero una cosa es aceptar que se saluden y otra aguantar a la tía esa darle la chapa a Conchi. Porque esa es otra, yo a Conchi no la oí hablar después del saludo, así que intuyo que no estaba muy a gusto con la conversación. Porque en realidad lo que quería la maldita estúpida era contar su vida tan divertida. Y no se lo quería contar a Conchi, sino al autobús entero; ala, con dos cojones.  Y no te parto la cara porque incluso yo he sucumbido a lo políticamente correcto.

Me enteré de que le regalaron un año enterito de Canal + porque la querían timar y cobraban un servicio que ya no se prestaba y les denunció. A la frase siguiente dijo que se lo ofrecieron pero lo rechazó, y si hubiese tenido otra frase la historia de la cadena de Polanco seguramente sería que pidió genuflexionarse delante de Don Jesús -que en Paz descanse- para que no la petasen sus ahorros. También me enteré de que era una solidaria social. Preocupada por el prójimo con frases como “eso se lo hacen a una persona que no sepa y se la lian ¿eh Conchi? Que porque yo sé de estas cosas que sino…”. No acabó la frase porque no tiene intelecto para más y yo, en el bus, no la terminé porque no tengo tantos huevos -la mujer tenía pinta de desvestirme de sólo pensar en darme una hostia-.

La mujer entendida y solidaria me dió todo el asqueroso viaje -cuarenta minutazos- con su tono de voz alto y estridente, no pude dormir y mi dolor de cabeza por la falta de sueño se incrementó por los problemas trascendentales que del buzón de esa señora salían. Y encima cuando nos bajamos en Moncloa se me quedan mirando con cara de “¿y este tonto?” sólo porque me despedí con un ‘hasta luego Conchi’.  ¿Quién dice que la educación no da salud? si la gente fuese un poco más educada yo habría podido dormir un poco y no hubiese tenido ese dolor de cabeza y malestar general. Si la gente supiese que un autobús no es una tasca ni el salón de su casa yo habría soñado, no sé, con que España es un país donde la gente trata de usted a los desconocidos, sabe donde puede contar sus intimidades, habla en bajo, se calla en las bibliotecas, no es una caradura egoísta y, en definitiva, donde se es persona. Pero igual es mucho soñar. Casi que prefiero gastarme el dinero en gasolina y la paciencia en atascos. Ir en coche tiene ventaja, por lo menos las únicas memeces que oigo son las mías y las de algun periolisto en la radio. Así no hay quien sea buen ciudadano y viaje en autobús, recicle y vaya dando besos por ahí. Rediós, cuanta estupidez y cuanto soplagaitas.

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1 Response to “El autobús que cacarea”


  1. noviembre 10, 2008 en 12:31 am

    Como usuario diario de rutas interurbanas que fui durante muchos años puedo confirmar que en todo autobús (aunque cambies de horario) siempre va a haber una “amiga de Conchi” por lo menos dispuesta a taladrarte la cabeza con sus conversaciones que suelen ser poco apetecibles (sobre el guiso de ayer a en el bus de las 7 de la mañana o sobre si el niño tiene diarrea y se puede bañar en su propia mierda por poner dos ejemplos reales).

    De todas formas si solo hubiese “amigas del Conchi” la cosa seria soportable pero siempre completaban la fauna algún señor con la laringe hecha mierda que te daba un recital de sorbido de mocos y demás sonidos guturales o el típico majete con un bocadillo de chorizo cuando no una merluza a la bilbaina (y no me lo estoy inventando) para dar ambiente al autobús…

    En fin…que una vez probado el coche lo siento mucho por el sr. Al Gore, el cambio climático y el lince bizco de Colmenarejo pero yo no vuelvo al autobús (y eso que dormía como un bendito)

    Saludos!


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