21
Sep
08

Silencio por favor

Este año tuve la fortuna de conocer lo que es estudiar en septiembre. O lo que se entiende por estudiar, porque poco tiene que ver memorizar durante una semana conceptos discutidos, discutibles y odiosos a lo que pretenden sea un haber de conocimientos; para lo que en muchos casos no hace falta memorizar porque te lo han metido con calzador, practicando y con lecturas, como debe ser. Como debería ser. Los profesores incompetentes –hay otros buenos, muy buenos- y asignaturas de relleno de unos planes de estudio ridículos son parte del problema. Otra parte somos los propios alumnos, catetos en su mayoría, estudiantes de periodismo que escriben ‘deve’ y ‘hubicar’ con matrículas de honor a mansalva. Con ese panorama muchos profesores ponen un examen de memoria, cuatro chorradas que ni sirven ni servirán pero que todo burro puede aprender y así a final de mes seguimos cobrando y el año que viene otra vez igual.

No pretendo hablar del analfabetismo universitario. Sólo hace falta pasarse por Ciudad Universitaria y, en especial, por la mía (Ciencias de la Información) y alguna que otra más, como Educación, para darse cuenta de que lo que digo es verdad. Chavales que quieren ser profesor de matemáticas y para lo que ya no se les exige una certeza infinita en el saber matemático sino, simplemente, saber enseñar matemáticas. Si no sabes que dos más dos son cuatro no pasa nada, viene en el libro. Pero aprende a explicarlo. Y a otra cosa mariposa.

Les decía antes de este desvío provisional, que tuve que hacer un examen el jueves pasado. Y por repetir la experiencia de junio quise estudiar en la biblioteca de Humanidades de la Complutense, observar la raza humana es mejor que el cine –y ni les cuento si es cine español de Almodóvar-. Así que allí me planté yo, con mis gafas, el foco individual dándome en la cara, moviendo nervioso los ojos entre los folios y los caretos desconocidos. Observancia objetiva lo llaman algunos -el jurista italiano Paolo Grossi para más señas. Que lo usa mucho entre otras grandes soplapolleces memorizadas por mí esta semana-. Y he descubierto cosas no se crean. Una semana y media a razón de ocho horas diarias es tiempo más que de sobra para ver lo anormales que somos y nos comportamos. Está en nuestra naturaleza ser unos mangurrianes así que imaginarán todos mis avances en la observancia humana. A parte de que Miguel Ángel Sánchez es un buen amigo pero poco puntual –cuarenta y cinco minutos un día, una hora otro-, mis estudios se pueden resumir en cinco palabras: somos gilipollas hasta la bola.

Para muestra un botón. Verbigracia. Fue mi penúltimo día de estudio –tanto de la asignatura como de la raza- y yo estaba sentado en una esquina de las mesas que recorren de lado a lado la biblioteca, pegado al pasillo por el que pasa la gente que entra y sale y, como acostumbro, estaba de espaldas a la puerta. Siete sitios a mi derecha se sentó un trío de tontos del haba. Les sonarán, uno que cree que Madrid tiene playa y va en chanclas y bañador, otro estudia con el emepétres que si afinas el oído oyes el último exitazo de chumba-chumba Denia’2008. Y el otro, pues el otro era bajito sin más. Pero me caía mal por su compañía. Pues al alto, al que se le adivinaba la convicción de que saliendo de la biblioteca a la derecha estaba la playa de Riazor, le llamaron al móvil; invento de Satán en esos momentos. Uno que piensa en la educación como un bien necesario piensa que si te suena el móvil en la biblioteca lo mínimo es tener desactivado el sonido y luego salir, sin correr por Dios, y descolgar al estar ya fuera. Pues uno piensa eso y se da de bruces con que aquí ni educación, ni qué dirán, ni Cristo que lo fundó. El soplavidrios larguirucho tenía una melodía la mar de moderna que todo el mundo pudo oír, el chulo del alto nos mostró a todos su capacidad para susurrar en un tono agudo la frase aristotélica ‘¿qué pasa putilla?’ y me ayudó a solucionar una duda que he tenido desde siempre: la suela de goma suena como mojarse un dedo y metérselo en el oído cuando se corre con ellas –con las zapatillas claro-. Los otros dos mientras se reían de algún ingenioso comentario de alguna maciza que hubiese por ahí (no había muchas, se lo digo yo que estuve semana y media de observancia general). Pensaba que no podía ser peor, incluso me di la vuelta y creí compincharme en pensamientos con un señor mayor que leía el ABC. Qué ingenuo fui. Al llegar el playero de su conversación con la putilla le dediqué una mirada de odio, nada más pensando que yo era uno y ellos tres. Cinco minutos después vino mi desilusión, mi caída a la crisis de fe –más aún- en las personas. Sonó un móvil. Tiruriru-tiruriru,tiruri-ruuu-riiiii; tiruriru-tiruriru,tiruri-ruuu-riiiii –sonó dos y tres veces-. Yo sentía cerca el ruido, a mi espalda. Cuando oigo la voz del que contesta no puedo sino sorprenderme primero por el tono. Que era el tono tasca, ignorando los múltiples carteles de “Silencio” y, el non plus ultra sorpresivo, era el hombre mayor del que me creía cómplice de las buenas formas. El hombre tardó unos cinco minutos en mantener esa conversación, no se movió de su sitio en ningún momento y pedía insistentemente que le repitiesen lo que le habían dicho desde el otro lado del cacharro. Sólo le faltó encenderse un cigarro y pedir un sol y sombra al jodío. En todo ese tiempo, toda la biblioteca le miró y re-miró, chistaron y poco más. Nadie, incluido yo que no pasé de pensarlo, se levantó a decirle cuatro cosas a ese anciano. Y es que la juventud de ahora es muy retrasada y estereotipada pero de algún sitio habremos tomados los modelos y ese hombre es uno de ellos. No nos hacemos a nosotros mismo sino que nos construimos con las aportaciones de los que estuvieron aquí antes que nosotros. En esta chorrada –que no es chorrada, se llama estilo y saber estar-, en economía, política o lo que sea. No es todo culpa nuestra, que los mayores asuman su parte de culpa. Y nosotros también. El buenismo y el qué dirán hizo que ese anciano no recibiese un librazo en la cabeza porque hay que cuidar a la tercera edad. Y si, hay que cuidarla, pero también recriminar lo que está mal hecho. Las normas son las mismas para todos y alguien –quizás yo- tuvo que cogerle el móvil y apagarlo. No lo hicimos porque el progresismo, talante y buenrollismo es ir a nuestra bola y no le voy a reprochar algo a nadie no vayan a pensar que soy un fascista Lo políticamente correcto frente a todo tiene estas cosas. Así nos va, primero un anciano habla por el móvil en la biblioteca y después te aborregan en la educación y te arruinan en lo económico y, como no, no nos quejamos. Somos gilipollas, y se aprovechan de ello.

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1 Response to “Silencio por favor”


  1. septiembre 26, 2008 en 4:51 pm

    Menuda ostia le cuajamos al miguel no?xDD

    nano te estás volviendo viejo…pero bueno supongo que parte de razón no te falta..yo por eso estudio en casa..que no me molestad ni DIOS!


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