Archivos para Febrero 2009

16
Feb
09

La Historia nunca miente

Si me lo permiten hoy vamos a ir de conmemoración histórica y, si no me lo permiten, ya pueden darle al aspa de arriba a la derecha y cerrar esto porque lo van a leer sí o sí. Además me servirá para deshacer un montón de estupideces que se dicen y refieren a dicha batalla. El pasado 10 de febrero se cumplieron 66 años de la Batalla de Krasny Bor -Bosque Rojo a la traducción- emplazamiento cercano a Leningrado y que tuvo lugar en el cerco de esta insigne -y bonita, por cierto- ciudad rusa.

Debido a los nostálgicos de camisa carcomida por las polillas de un lado, y a los repartidores de carnés de progresismo del otro, el maniqueísmo en torno a la expedición española ha sido la seña de identidad en este país que si algo tiene de especial es su capacidad para enterrar en la tumba más profunda sus hazañas bélicas o históricas. Krasny Bor es sólo una muestra del saco donde también podemos encontrar a Blas de Lezo en Cartagena de Indias, el asedio a La Coruña con María Pita o, también, la Batalla de Tenerife contra el ‘invicto’ Nelson.

El caso, Krasny Bor fue la única vez que los españoles se enfrentaron en combate directo a la Unión Soviética y la verdad que perder, perdimos; aunque para algo bueno que tenemos los de este lado de los Pirineos diré que, perdimos con estilo y sino, miren los datos: seis mil infantes españoles frente a 44.000 soldados soviéticos -sin contar carros de combate, morteros y otras piezas de artillería que no recuerdo el nombre de memoria- y cayeron trece mil rusos por cuatro mil españoles. Ahí es nada. El problema es que los generales del perturbado Hitler -y el mismo Adolfo- estaban muy ocupados en mover sus figuritas sobre el mapa del Risk como para ir a ayudar a cuatro pringados de un país que decía ser amigo pero que pasaba de la guerra. Así que, después de darles el flanco más débil del cerco a Leningrado tenían claro que no aguantarían un ataque de todo el arsenal que se les venía encima. Pero los españolitos de a pie, no muy listos pero si muy honrados cuando se trata de darnos de hostias, dieron una lección a Alemania, a la Unión Soviética y a nosotros mismos demostrando que el honor, el compañerismo y el ’si tú caes, yo caigo’ no era exclusivo de arios o camaradas tovarich, sino que de eso sabemos más que nadie aunque solo sea por Historia. Otros que no tuvieron la suerte de morir esa mañana fueron enviados a esos parques de recreo de los que nadie quiere hablar, de nombre Gulags-. Y los terceros, que ni murieron ni fueron enviados a esas atracciones, regresaron a España para contar una historia que ha sido borrada sin mirarla, simplemente porque su época no gusta.

Ni Franco, ni la nacionaldemocracia ni el comunismo tienen absolutamente nada que ver con lo que encarnan esos cuatro mil muertos españoles, lo que pasa es que catetos los tenemos a patadas en el mundo, y en España para qué les voy a contar, así que el “si lo dice mi enemigo es que es malo” junto con la desinformación y la falta de cultura histórica han hecho que esta batalla se convierta en un blasón de cuatro cabezas rapadas ineptos -para algo que leen lo malinterpretan-. Esa es la razón por la que nadie quiere recordar nada nunca. No es cuestión de idearios sino de miedos. Miedo a ser visto como un bicho raro o, en este caso, un nazi, un franquista o un nostálgico. Quien se acerca a la Historia como ella se acerca a nosotros, es decir, como sucesión de actos, es imposible que se convierta en algo perverso. La época de Fernando VII puede interesarme, pero no me convierte en amigo de ese engendro, sin duda el peor monarca de España. Sólo por sentir curiosidad en la historia bélica de mi país me han llegado a llamar -junto y a la vez- nazi, carlista, monárquico y republicano (incluso opresor de provincias libres opinando sobre la Guerra en Marruecos).

En mi capítulo anterior les dije que España es la historia del olvido, este es un ejemplo más. Pero no ya por parálisis educativa, sino porque queremos olvidar. Esos cuatro mil hombres, independientemente de sus motivaciones, lucharon contra un régimen dictatorial -la mar de divertido aún hoy para muchos intelectuales- como hemos hecho siempre los españoles: con honor, con capacidad de reacción y con talento ante las situaciones nebulosas. Esos valores son lo que ha hecho a otros países aceptarse y crecer. A nosotros todavía nos queda ver que el olvido es la peor forma para conocernos y así, hoy, intento recordar un trozo de nosotros. No una historia de ‘la época de los nazis’ como dicen los libros de texto, sino una historia real donde lo que importa es la fidelidad al compañero y la lección a la soberbia del que se cree grande, no el símbolo del estandarte.

01
Feb
09

Una historia de tantas

Estaba Antonio en su casa, una vela encendida y la pluma en la mano. Delante un trozo de papel en blanco y a un lado, arrugado, una nota escrita. “Antoñito majo, me estoy cansando de estar con los brazos cruzados y de los ‘después’ que me dice usted casi a diario. Si quisiese ser despechado me dedicaría a ligar con mujeres de mala vida y no a confabular. Voy a traer al señorito mister A ya, quiera usted o no”. Antonio estaba fastidiado, como cuando a uno le abandona la suerte, el honor o la mujer -o las tres a la vez- y no sabía qué había pasado. Arsenio había sido su máximo apoyo, su aliado, su compañero, su todo durante este año que acababa. Diciembre tocaba a su fin y quería pasar estos meses tranquilo y en familia, pensaba que el bien de todos y el suyo propio dependían de ello. No así Arsenio, que estaba hasta la coronilla de fumar en pipa y de oír blasfemias contra Alfonsín, Isabel y Dios sabe hasta qué punto del árbol genealógico podríamos seguir enumerando -aunque, desde aquí, compartamos las blasfemias al abuelo del primero-.

Entre todos estos pensamientos se debatía Antonio mientras observaba por la ventana la castiza vida madrileña y meditaba, todavía, qué contestar a la misiva recibida. Estaba enfadado, para qué negarlo -el tío no tenía la serenidad entre sus virtudes-, pero no quería parecer muy duro en su respuesta. No lo consiguió pero le daba igual, ya era muy tarde y había que cenar; así que dejó la nota tal que así: “Vamos a ver Arsenio, hijo mío. No hagas el cafre y espérate que sino la vamos a liar y tampoco es plan que ya has visto donde han terminado Nicolás, Emilio y Paco el catalán. ¿Quieres lo mismo? Porque a mí irme a Francia no me sentaría bien, que el clima allí es malísimo para mis huesos. Aún así, haz lo que quieras pero ya te aviso, ¡ojito!”. Cuando la notita llegó a la tierra del Turia cada uno tenía unas sensaciones distintas. Antonio pensaba que le habría convencido -ingenuo-  y Arsenio, haciendo una bola al papel en su puño, no podía creer haber leído aquello de “¡ojo!”. “¿A mí amenazas?” -pensó. Así que no le tembló el pulso y tras un hablar esto por levante, y escribir aquello para Inglaterra decidió que se acabaron las tontunas y puso en pie de guerra a todo su pueblo. Vale que fue un día después de Santos Inocentes y la gente podría pensar que iba de broma pero no. Con gritos que decían todo lo contrario de lo que ha gritado un tonto llamado Joan Tardá 130 años después hizo que ‘Mister A’ regresase como duodécimo.

Agárrense el sombrero con el cabreo que se pilló mi primo Antonio aquí en Madrid cuando se enteró de lo que había pasado. Claro que no sólo le fastidió que Arsenio hiciese caso omiso de su nota, sino que también le jorobó el desayuno saber que su amigo Alfonso -por el que se fue con una carta hasta Inglaterra, ya había ganas- había aceptado la idea de Arsenio. “¿Y a mí que me den?” Dijo en alto mientras tiraba el churro con rabia sobre la mesa de madera ruda. Pero es que usted, don Antonio, es muy rabioso y no piensa las cosas con serenidad. Así que, para que vea, Alfonsín pensó en usted aunque antes vuestro amigo en común pidió un vino peleón y una charla para  que arreglaseis vuestras desavenencias Arsenio y usted. ¡Qué sería de nosotros sin la amistad! Pelillos a la mar a la tercera jarra de vino, con los carrillos sonrojados reconoce Arsenio que tenía que haber esperado y Antonio asiente, todavía malhumorado, que sí y que como siempre y hasta la eternidad, él tenía razón.

¿Y Alfonsín? Tan campante por Madrid porque, en realidad, a quien le benefició todo fue a él ya que le daba igual lo civil o lo criminal, en fútbol se llamaría resultadista y, en este caso, el resultado no pudo ser mejor. Sus dos amiguitos reconciliados y luchando contra sus enemigos al poco tiempo, la idea de pasar de él o de sus descendientes en España desterrada y él, después de un tiempo aprendiendo inglés allá por la Pérfida Albión como las buenas familias, otra vez aquí sentado en el trono, y no me refiero al del cuarto de baño.

Esta historia de amistad, semi-traiciones, reconciliaciones y objetivos cumplidos ha tenido -y seguirá teniendo- repercusión ya que es lo que estudiamos como Restauración. Sin hacerlo tan grandilocuente, como solemos hacer con todo aquí, es la historia de cualquier vida anónima en la que dos amigos con el mismo objetivo se pelean por ver quién lo consigue y mientras, el tercero, frotándose las manos. Ser el tercero siempre ha sido chachi, se pelean por ti y tú silbando a la Reina Madre o a quien sea. Bailar el agua nos caracteriza y cuando alguien, por convencimiento o lo que sea, deja de lamerse su propio cimbel y piensa en los demás se la dan en la cara con efectos especiales incluidos. El amigo Antonio -Cánovas- y Arsenio -Martínez Campos- son cualquier Antoñín o Perico. Nunca aprendemos de los errores, también es propio, así que estudiamos todo de carrerilla sin sacar conclusiones de historietas que si nos las contasen de boca criticaríamos pero como vemos en textos ni analizamos. España ha sido la historia del olvido, y lo sigue siendo.