Archivos para Diciembre 2008

21
Dic
08

Talión resucitado

Desde que era pequeño, echando una rápida cuenta, habría ajusticiado al amanecer a unas mil personas. Empezando por Alberto Morales -el alto de mi clase y, por ende, el abusón-, terminando por el señorito Barco, del que siento no recordar el nombre para poder ciscarme más claramente en él; y pasando por centenares de personas conocidas y desconocidas. Claro que nunca lo hacía; con gente como Morales porque era una obvia desventaja estratégica que yo fuese el enano de clase y el susodicho la torre. Aunque para eso estaba mi hermano mayor, Dios para estos casos de auxilio urgente. Pero en general no lo hacía porque pensaba que el mundo se encargaría de ajustar cuentas en su debido tiempo. ‘Dios castiga sin palo’ que decía mi madre.

Yo no es por contradecir a mi madre pero parece ser que Dios sólo castiga sin palo a los débiles, a los que hacen una pequeña trampa -de pícaro- para salirse con la suya. A mí, Dios me tenía machacado con el no palo de las narices. Cuando me negaba a comerme el bocadillo de paté de todas -y digo bien, todas- las tardes y se lo cambiaba al típico gordito por unos cuantos cromos mi madre me amenazaba con la cólera de Dios y éste ¡zas! y me castigaba sin palo. Castigar sin palo venía a ser que acto seguido de liársela a mi madre yo me hostiaba sólo o cualquier cosa por el estilo y entonces, como hacen las madres desde que el mundo es mundo, se acercaba a mí mientras yo me soplaba la rodilla magullada -tenía hasta puntitos de sangre por la arena- y cuando pensaba que iba a tener mimos un buen rato, te agarraba y te decía: “¿lo ves? te lo dije”. Empezabas a acordarte de Dios, del palo y de su santa divinidad protectora.

Como en todo hay otra teoría. La de la Ley del Talión; a continuación los débiles dirán eso de  que ojo por ojo y el mundo se quedará ciego. ¡Oh! que bonito ser progre. Ahora que digan que son ciudadanos del mundo, que su patria es la libertad y estarán más cerca de la tontería absoluta. Esta es la ley que se usa en los colegios y, no sé por qué extraña causa, los niños razonan con mucha mayor brillantez que los adultos -y ni punto de comparación entre la lógica de un niño de siete años y la de un pimpollo de quince-. Vale que quizás exagere porque no me parece lo más correcto esta teoría porque algo nos tiene que diferenciar de los animales, o eso dicen. En la práctica mi perra es mucho más noble que cualquier humanoide y la Ley del Talión nos permitiría deshacernos de gentuza y la teoría humanista de mi madre no sirve más que para, como todo, fastidiar al débil.

La Ley del Talión ha sido la que se lleva aplicando -cierto es que con muchos matices que no quiero comentar ahora así que ahórrense los comentarios humillantes para la inteligencia los alianzadores de civilaciones- en el mundo musulmán desde antes de que Mahoma fuese a la montaña. Verbigracia. Un pájaro roció la cara de su novia con ácido y, como es lógico, fue enjuiciado. Lo curioso -para mí hasta divertido porque no le conozco de nada- es que la sentencia la podría haber firmado el mismísimo Talión en persona. La condena consiste en que, al igual que él hizo, le rociarán en los ojos un ácido que le dejará ciego. Dice un médico -esto me lo comentó Luis esta semana- que las posibilidades son que se quede ciego un ratito o que se quede ciego para siempre. Si es sólo un tiempo al tipo le ha salido la jugada de lujo, dirán que no. Pero como sea para siempre, aquí está el problema y entramos en una de las discusiones universales; lo que es justo o no. Dirá Ana Llano, profesora sectaria, analfabeta y fundamentalista católica de Derecho, que la justicia está en el corazón de la gente; claro que si es otra justicia de la que piensa ella entonces lo que hay que hacer es arrancarle el corazón y ponerle otro. Y luego dicen que los peligrosos son los musulmanes. La teoría contraria es la de que si para ellos eso es justo, adelante. Este es el mayor ejemplo de pasotismo oculto en la progresía occidental -de la que se creen expendedores de carnés en España- ya que lo que vienen a decir es que cada palo se aguante su vela.

De lo único que estoy totalmente seguro es de que no me da ninguna pena el tío ese con gafas al que le van a mojar la cara. Una ventaja es que no tendrá que volver a usar anteojos. Si el hijo de puta fue tan persona para razonar y decidir joderle la vida a otra persona que lo sea para aguantar estoicamente su castigo pero claro -y esta es otra- en los tiempos modernos somos muy machos para hacer el mal o para hacer lo que nos de la gana con el rollo ese de la libertad mal entendida pero después nada de responsabilidades. Es que yo no sabía, perdónenme, no ven que estoy enfermo u otras memeces. Antaño el único que lloró -figurada y realmente- sin querer ser consecuente fue Boabdil, y así le fue. Incluso los ha habido capaces de suicidarse. En Japón todavía tienen esa buena práctica de justicia personal. ¿Se imaginan aquí a alguien suicidándose por propia conciencia? Antes vemos a Rajoy tener liderazgo.

El problema no es que le vayan a tirar ácido a la cara -para él igual sí es el problema- ya que, en realidad, es una justicia coactiva bastante más eficaz que la que tenemos en la que todos los grandísimos cabronazos se pensarían dos veces meterle cuarenta cuchilladas a su ex-pareja si supiesen que su castigo serán proporcional. Una limpieza social como Dios, con palo o sin él, manda. El problema es que estamos en la época de la escandalización. Si un niño le corta las patitas a una hormiga es un futuro Charles Manson, si otro le roba un par de tazos a otro es un Julián Muñoz en potencia y si otro se toma la justicia por su mano -normalmente mucho más justa- es un Vera o Barrionuevo de la vida. No miremos tan lejos cuando la casa está sin barrer. Aquí se escandalizan de esa condena y se aplaude que un juez sentencie a cárcel a una madre por darle un sopapo a su hijo. Hay que ser gilipollas, soplavidrios, chupapollas y un auténtico hijo de puta para pensar que eso es justo. Los tolerantes políticamente correctos son los que ponen el grito en el cielo con todo esto y ellos son el auténtico peligro. Ahora hay que ser por obligación progre, pro todo lo que sea “social” e incluso pro-vida. ¿Pro-vida de qué? ¿De gente que se merecería que Vlad el Empalador se divirtiese con ellos? no quiero que las asociaciones de Derechos Humanos me lleven al Tribunal de La Haya -y menos ahora con el aniversario de la Declaración Universal- pero qué pesados rediós. Hay gente que merece ser ajusticiada al amanecer y punto. Este hijo de puta, demás maltratadores, De Juana, Txeroki, la familia Santander (padre e hija por lo menos) son ejemplos. La justicia no es universal así que no exportemos modelos que distan mucho de ser perfectos y razonemos un poco más allá del yo, yo y yo. Sin gente como ellos, además, empezaría a creer en el hombre un poco más que en mi perra.

14
Dic
08

Una hostia a tiempo

Cuando era pequeño era un cabrón. Ahora quizás también, pero cuando mi única preocupación era jugar al fútbol y ver Bola de Dragón lo era con malicia aunque, eso sí, con una picardía innata. Dirán que menuda afirmación gratuita les acabo de soltar. Tienen razón pero no en lo de la gratuidad, ya que justifica la cantidad de bofetadas, capones y zapatilladas que me he llevado.

Resultaba divertido comprobar a menudo lo fácil que era que mi hermano se llevase un capón de mi padre. Bastaba con gritar y sollozar en el preciso instante en que mi hermano se colocaba a una distancia en la que me pudiese pegar. Lo veía mi padre, se levantaba, capón y para su cuarto. Los tebeos de Zipi y Zape y Mortadelo para mí toda la tarde. La venganza de mi hermano no se hacía esperar, pero las hostias entre hermanos son parte del juego. Desde que lo acepté como cosustancial a la convivencia con él todo me fue mejor. Este juego cambiaba si sustituimos padre por madre. Mi hermano es el ojito derecho de nuestra santa madre así que con la misma acción sólo conseguía que mi madre, sin mirarnos, dijese: “Diego, deja a Jaime en paz”. Claro, si ese era el único castigo ni Zipi, ni Zape, ni Mortadelo y, además, leche de mi hermano por intentar meterle en un lío. Hay veces que la situación cambiaba -pero no los protagonistas-. Verbigracia. Mi hermano y yo desobedeciendo los gritos de mi madre de que nos callásemos y dejásemos de pelear hasta, por supuesto, el momento en que comenzabas a oir unos pasos rápidos hacia tu posición -solía ser después del trigésimo-cuarto aviso-. Instintivamente cada uno se iba a su cuarto lo más rápido que podía y yo, personalmente,me ponía a mirar al techo escudriñando hasta el más mínimo detalle. Mi madre, que como todas no es tonta, se acercaba con la zapatilla en la mano y ¡zas!.

Recuerdo mi infancia como una travesía divertida en la que ser más espabilado era una ventaja -como hablé de ellos diré que las andanzas de Zipi y Zape ayudaban con alguna trastada-. Claro que con los padres era distinto. A los chicos se la podías liar con cosas del tebeo porque había algunos que ya tenían consola y fueron abducidos por ella. La primera vez que pataleé por una consola -llegando a usar el recurso de ¡al suelo! en lugar público- fue resuelto por mi padre con una colleja. Me levanté inmediatamente, se me cortó el derrame de lágrimas de cocodrilo y el sollozo que de verdad me llegaba por la leche fue suprimido con hombría -en mi corta edad- ante el miedo de otra nueva represalia. Cuando, oculto en una servilleta, tiraba a la basura comida que no me gustaba o que, simplemente, no me apetecía mi madre me perseguía por el pasillo hasta mi habitación -considerado por mí lugar neutro, mi madre incumplía una y otra vez ese pacto internacional- donde siempre me terminaba arrinconando y diciendo la frase que, en mi casa, sólo significaba una cosa: “Quítate las gafas”. Hasta para darte un bofetón era considerada. No quería que me las clavase o quizás no se las quería clavar ella o, mejor todavía, no iba a romper algo que había pagado ella. El último recurso -de perdidos al río- que nos quedaba a mi hermano y a mí era negarnos -maldita la hora-. La segunda vez que nos amenazó con lo de las gafas nos faltó tiempo para quitárnoslas. Incluso creo que mi hermano ya se las había quitado antes de que dijese nada. Muchas veces, seguramente todas, implorábamos nuestro perdón aunque no solíamos conseguir resultados. Lo máximo que conseguíamos era que a los cinco minutos del bofetón por tirar la comida, pegarme con mi hermano -técnicamente era ser pegado por él-, pintar el sofá, cruzar la calle sin mirar, jugar con la pelota por la acera o en casa, por gamberradas colegiales de las que se chivaban esos traidores llamados profesores o esas niñas a las que les molestaba que se les viesen las bragas, o por algo que no recuerde pero que, seguramente, me lo mereciese llegaba mi madre con cara de pena y te pedía perdón, ¡a ti!. Tú hacías la gamberrada y como ponías cara de ser la víctima cuando te metían con la mano abierta les hacías sentir culpable. Aunque nunca entenderé la frase de que le dolía más a ella que a mí, algo que sigo dudando todavía hoy. Lo que no dudo es que esas hostias -y otras que me llevé-  me las tuve más que merecidas e, incluso, hubo gamberradas que se quedaron sin ese castigo. Menos mal que por aquel entonces éramos, la sociedad, un poco menos gilipollas y pegar un sopapo en público a tu hijo no era motivo de nada más que de un “¡a saber la que le ha liado!”. Y me anticipo a los gilipollas que suelen leer y no entender nada para decirles que es distinto un sopapo que el maltrato y que eso se nota a la legua con un poquito de vista que se tenga y un poquito -no demasiado- de intelecto.

Pues hay gilipollas que siguen sin entender esa diferencia. Los tontos del haba de un colegio que denuncian a una madre por abofetearle. Cuánto mal hacen series de profesores como colegas enrollados cuando en realidad lo que deben ser es maestros educadores respetables y no jugar a personaje de televisión. Un hijo lanza una zapatilla a su madre al recibir una bronca, esa es la acción. La reacción, pues collejón por espabilado. Excepto para Yupi, los que viven en su mundo y para una juez de Jaén que dicta sentencia contra la madre. Juez soplapollas, eriza, abrazafarolas y cualquier otro adjetivo despectivo y compuesto que se les ocurra aunque, en resúmen y haciendo uso una vez más de mi palabra favorita, es una hija de la grandísima puta. Separar a un hijo de su madre durante un año por un bofetón -el hijo, además, dice y redice que se lo merecía y aunque no lo dijese, ya se lo digo yo-  y encasquetarle a la madre antecedentes penales se me antoja una memez. Esta sentencia sólo está a la altura argumental de un borracho, de algún pacifista estúpido como Pepiño o de un yonki pacifista -todo junto-. Una juez abrazada a unas ideas enfermizas de progresismo y de lo políticamente correcto o a una botella de Dyc puede hacer mucho daño. Lo triste es que haya gente que piense que menos mal que está la borracha pacifista para hacer justicia, que cómo se le va a pegar a un menor por muy hijo y por muy mal que se porte, ¡cómo vamos a permitir eso en el año del sesenta aniversario de la Declaración de Derechos Humanos! Falta Berzosa  para completar el elenco de progresistas amigos de los niños. Es vergonzoso asistir al debate de si son malos tratos o  ‘derecho de correción’ -así lo llaman-  de los padres. La mera suposición de que son malos tratos causa sonrojo y nos hace peores como personas. Pero, una vez más, que se puede esperar de una sociedad en la que todo vale con tal de ganar, donde lo políticamente correcto significa libertinaje, donde se incumplen los más elementales principios del sentido común -si alguien de los que decidiese tuviese sentido común y principios claro-, donde el pacifismo -gracias también a una Ministra de Defensa que dice que el Ejército es pacifista- es el non plus ultra de lo ‘guay’ y todo lo demás es violencia gratuita.

Si esa bofetada -esa, sólo una- se merece prisión, mis padres estarían en el corredor de la muerte. Aunque, extraño síndrome de Estocolmo el mío que les quiero y adoro, les agradeceré mil veces la educación que me dieron y, por supuesto, no les tengo que perdonar los bofetones sino que ellos me tienen que perdonar las capulladas que hice. Porque eso forma parte de la educación ya que una mala acción debe llevar consigo un castigo a la altura y no una mala mirada con conversación trascendental sobre el bien y el mal con ocho años que es lo que defienden -entre otras memeces propias- los psicopedatontos del siglo XXI y, al parecer, la juez estrella de Jaén. Y las asociaciones pro-todo por obligación aplaudiendo la decisión. Si es que una hostia a tiempo quita mucha tontería.

08
Dic
08

Intromisión en la vida pública

Resulta curioso -a la par que frustrante- comprobar semana tras semana que tengo razón. Lo frustrante no es que tenga razón -faltaba más- sino que en lo que nunca fallo es en una de esas cosas que dices, ojalá no fuese así. Ojalá sea yo el tío más equivocado del mundo. Pero niet, ya se encarga el mundo de darme la razón. Hace algunas semanas les hablé de esa señora tan simpática hablando a voz en grito en el autobús y como se nota que soy un periodista con ninguna influencia porque la gente no me hace caso, nadie se queja de lo que escribo y, lo que es peor, reinciden en los actos que me empeño en criticar.

Verbigracia. El viernes pasado yo estaba socializándome de forma nocturna con unos amigos -y con mi hermano que es el primer amigo-. Cuando terminamos con el Red Label del local y las horas invitaban a dormir -o a levantarse si se trabajase el sábado- cogimos un taxi para volver a casa. Al montar, el taxista -un hombre bajito, muy moreno de piel y con una cicatriz del codo a la muñeca- nos pidió permiso para hacer una llamada. Total, los taxistas son los amigos de no cumplir las normas de circulación así que por una más, qué mas dará. Hasta me pareció correcto que nos pidiese permiso. Llamó a su novia -supongo- y cual es mi sorpresa al comprobar que el móvil está con altavoz. Todavía tendría un pase si fuese un manos libres me digo, pero no. El taxista me quitó esa idea cuando se colocó el móvil pegadito a la oreja, como tantas veces hemos hecho todos. O sea que sordo o gilipollas. Le cogió el teléfono Sara; y digo Sara porque es como él llamó a ese gruñido que salió del auricular porque la pobre chica tenía las mismas ganas de hablar como de que alguien le partiese una silla con pinchos y un rodillo metálico en la espalda. Pero el taxista estaba empeñado en despertarla y en darnos el viaje a mi hermano y a mi, así que seguía preguntándo estupideces. Que si no la entendía -que alguien le haga la prueba de despertarle y acto seguido ponerle a un tipo diciendo tonteríaste. A ver quién le entiende a él- y que la iba a llamar ¡en cinco minutos! Igual pensaban que pidió perdón por despertarla y se despidió, que esperanzados de la vida les notom sólo dije que le daba tiempo a despertarse y volvía a llamar.  Además, manda narices, la pregunta de qué tal durmió como colofón de la hoda a la memez. Se ve que le estás reventando la noche pedazo cromañón. Encima de todo esto, el tipo no se cansó de criticar a sus clientes con frases como “la noche mal menos una carrera al aeropuerto”, “la gente es una mierda” y cosas así. ¿Qué clase de persona hace eso? y con otros clientes delante. Hay que cargarse mucho de paciencia para no ciscarte en sus muertos en ese preciso momento y pensar en que si lo hiciese posiblemente no llegaría vivo a mi destino. Al final nos tuvimos que enterar de su conversación con la chica -conversación que estoy seguro ni ella quería que se produjese ni yo quería oirla-.

No se crean que la estupidez de la gente con el móvil termina aquí. Si ejemplos hay para empapelar el Palacio de Oriente. Esta semana paseaba por el barrio de Properidad y en lo que recorría una manzana me crucé a cuatro chicos que iban con el móvil a todo volúmen. Entre el sonido pésimo del cacharro y la cara de “ei tío como molo” dan ganas de tener unas cartucheras con magnum 44 incluída. ¡Payium, payium! justicia social se llama eso y a vivir tranquilo. Al rato, en una tienda de ropa -compraba calzoncillos- dos personas detrás mía a voz en grito hablando del ‘bombo’ de la mujer. Un poco más y me acabo enterando de los centímetros del cacharro del listo que se la benefició. Y con todo esto te vuelves a casa acordándote mentalmente de los familiares de todos aquellos que te obligan a enterarte de su vida porque, entre otras razones, tienen una vida de lo más escandalosa -por los decibelios con la que la cuentan-.

Luis y yo, que solemos hablar de estas cosas -sí, somos unos cascarrabias como la copa de un pino-, comentando en multitud de ocasiones lo molesto que nos resulta esta practica. Todo se resume en una sentencia suya que copio al hacer mía su afirmación. Luis viene a decir que hemos pasado de la intromisión en la vida privada de las personas a la intromisión de la vida privada de las personas en la vida pública de los demás. Este siglo XXI que todos miran con asombro se ha dado como el de la deseducación y el todo vale para cumplir cualquier cosa. Si te quieres encerrar a dormir en la facultad haciendo que parezca una pocilga, puedes -libertad de expresión lo llaman los tontos del haba-, si quieres secuestrar un barco y pedir rescate puedes -y aquí que nos tomamos la gilipollez como forma de vida no sólo puedes sino que debes-. Las formas son lo de menos, lo importante es el fin -eso que tanto se criticó siempre-. Lo único que importa es ser feliz y que no coarten mi libertad. Una palabra que ha perdido totalmente su significado porque si fuese así, ¿dónde queda mi libertad de poder andar tranquilamente o de coger un taxi e ir en silencio o con una conversación? ¿mi libertad para mandarles con aire fresco a comprobar la profundidad de la fosa de las Marianas es menos que la suya a ‘perrear’ por la calle?.

Por fortuna en este tema no estoy sólo. Salvando amigos existe un estudiante de psicología -y no es argentino-  que ha creado MEMPEC (Métete El Móvil Por El Culo) donde hace un llamamiento para que la gente se compre unos cascos. Incluso apunta que en las tiendas de todo a cien -o chinos en esta época- no cuestan más de un par de euros. Me parece muy acertada su iniciativa, no quiero hacer publicidad gratuita pero ya es hora de que los estudiantes se moviesen por cosas cotidianas y no por memeces políticas y libertarias. Lo que me fastidia es que habrá gente que se piense, desde su ignorancia -para ellos bendita ignorancia-, que es una broma más. No diferencian el sentido del humor inteligente con la chanza de barrio y no le tomarán en serio. Pensarán que es una coña y reirán. Es verdad, la gente esa que va con el móvil por la calle. Ja ja y ja ja, que divertido todo. Pues no, somos pocos pero hay gente que estamos hasta las narices de que cada uno se aguante su cirio y si el cirio del vecino hace ruido me da igual; y si mi otro vecino le cuenta a ladridos a Fulano lo que pasa con su cirio también nos es indiferente y sólo ladramos si lo que nos tocan es el nuestro. A mi ya no me quedan ganas ni de quejarme socialmente, me vale esta página como navajazo semanal y mis conversaciones con Luis. Ojalá el taxista llame un día con el altavoz a la tal Sara y se lo coja el tal Manolo y ojalá ese cateto que va con la música a tope no oiga a la moto pitar y cruce alegremente mientras canta, para todo el barrio, el último hit de la semana.

01
Dic
08

Vecinos perfectos

Alguna que otra vez he comentado en estas líneas dominicales mi trastorno mental acerca de que la gente de la sierra es mejor que las personas ‘asfaltícolas’ -término que acuñó mi abuelo para insultarme por motivo de mi huída desde los campos gallegos a la capital, si bien es cierto que depués me fuí de la capital a la sierra-.

Hace poco me tumbó mi teoría una señora que cacareaba en el autobús de Navacerrada con la ya famosa Conchi. Pero ¡qué le vamos a hacer!, mi madre ya pasa de intentar cambiarme y poco le falta a Cristina. Soy cabezón y, por llevar la contraria, seguí pensando igual de la gente de aquí creyendo que esa mujer era la excepción que confirmaba la regla. Niente, de eso nada monada. Hoy me ha llegado con todo el frío polar un pingüino que me miró, se acercó, abrió la aleta y ¡zas! en toda la boca. Que eres un ignorante Jaime y no puede ser.

El pingüino me ha enchufado por mis vecinos colladinos. Los del primer pareado que empieza a continuación del mío. Nunca me han caído muy allá pero no les voy a mentir, no me caen muy allá ninguno de mis vecinos excepto una chica de diecisiete años de la acera de enfrente. Cuando nos cruzamos pasando cerca siempre sonríe -se agradece-, saluda con un “hola”, contesto con el mismo ritual y seguimos nuestro camino. ¿Dónde se ha quedado la cortesía vecinal? En esa chica por lo que veo. Los vecinos que les mento son, en concreto, dos chicos que no pasarán los treinta y cinco años, trabajan algunas veces de noche y suelen saludarme levantando la cabeza o la mano -reciben lo mismo de mí por supuesto-. Tienen el césped a una altura tal que nada tiene que envidiar al Amazonas, da miedo entrar allí por si encuentras algún yacuna con ganas de marcha. Tenían una perra, Raika, la cual me daba tanta pena que siempre le sacaba comida por la verja y la acariciaba porque, pobre ella, se pasaba el día en la parte trasera de la casa. Ese mismo césped que les comentaba sigue cubierto de excrementos de la perra. Por cierto que Raika un día dejó de estar allí, no tengo ni idea de dónde estará pero le aseguro a Raika que sea donde sea es mejor que en esa prisión.

Mis compis suelen invitar a amiguetes. Me parece normal e incluso bien. Como si quieren metérse el alcohol con un embudo por el esfínter que yo ahí ni entro ni salgo porque por suerte no llega el ruido a mi casa. Pero donde si entro es en la falta total de educación, de convivencia y de un mínimo de respeto. Soy el primero que no conviviría si pudiese pero me veo obligado a vivir cerca o rodeado por engendros de mi misma especie por lo que unas mínimas normas sociales me parecen aceptables siempre que sean un poco lógicas. Y a mi me parece lógico que en una urbanización privada de no más de sesenta chalés nadie pague un pastón por el vado para su garaje. Me parece sensato creer que la gente usa su garaje o techado para el coche; sobre todo en invierno donde si no lo usas puedes tardar media hora en limpiarlo por la mañana. También es sensato creer que la gente lo sabe por lo que nadie aparca en las puertas de los garajes de los demás. Tan sensato es que ni siquiera yo aparco en esas puertas incluso sabiendo que no la usan para tal fin -es el caso de mis vecinitos-. Pero claro, de gente que tiene a un perro abandonado -sin morirse de la vergüenza de ver cómo ese perro cada vez que le hacían un mínimo de caso se desvivía por ellos- no se puede esperar que piensen de forma lógica ni, incluso, que piensen. Cuando los compadres de mis primos aparecen aparcan una y otra vez en mi puerta. Me hacen perder el tiempo en ir hasta su puerta, timbrarles, aguantar la cara de soplapollas del que me abra la puerta -suele ser indiferente quien sea porque esa cara la tiene- y que me tengan esperando para ver de quién es el coche. No sé ustedes pero yo suelo conocer los coches de mis amigos. Nunca falla. Si hay un coche en mi puerta es de ellos, siempre.

Hoy ha sido el enésimo episodio. Un Renault Megane en mi puerta, cinco minutos esperando que decidiesen de quién era el coche y una chica que sale pidiendo disculpas a retirarlo. Ya hay que ser gañán para tener que joder una puerta cuando hay sitios para aburrir en la urbanización. A cinco metros se puede aparcar todo un concesionario en línea si se quisiese. Al último que se quedó en mi puerta le quité los cuatro tapones de las válvulas de los neumáticos. Mi nivel de maléfica venganza es una mierda y para no repetir tan estúpida reacción -y no dejar a mi madre hacer lo que tantas veces ha amenazado, rajar las ruedas- decidí llamar amablemente. Iba dispuesto a escupir culebras por la boca cuando el que esperaba dueño del Renault Megane resultó ser dueña. Se me vino el mundo encima, me quedé callado sin capacidad para gritar. No porque fuese guapa, sino por su condición. Me parecería muy descortés gritarle a una chica. Así que hoy me desahogo por aquí.

Algunos dirán que los coches que aparecen en mi puerta nunca son los de mis dos compis, tienen razón pero no dejan de ser tontos del haba. Cierto es que los amigos que aparcan en la puerta no son premios nobel precisamente porque quien suele ver una puerta de garaje la suele evitar pero también hay que ser gilipollas para no decir a esos cegatos que quite el buga de ahí. Vamos a ver amables estúpidos, a ver si os queda un poco más claro: hay gente que piensa y usa el garaje -quizás no sea lógico si se tiene un hueco a cubierto meter el coche en él, pero no todos llegamos a vuestro nivel intelectual, lo siento-, que me estoy cansando de iros a timbrar tropecientas veces para pedir que nos quitéis vuestros putos coches de la puerta. No voy a amenazar con haceros algo yo, -para qué- sino que os amenazo con dejar a mi madre actuar impúnemente. Con una navaja y con la mala hostia que se gasta -la heredé yo- os aseguro que desearéis no haberos sacado el carnet en la puta vida. Y sino siempre quedarán los Miami. No sois más que gentuza, no espero nada de dos personajes que tienen un perro porque es muy chic pero que no son lo suficientemente humanos como para cuidarle. Si lo de los coches es lo de menos, total, siempre se pueden pinchar ruedas pero lo de esos agilipollados no tiene cura, ni nombre. Mil veces más les tendré que timbrar para pedirles que si tal coche es suyo cuando la respuesta es obvia. Que pasen de la humanidad me parece bien porque no vale para nada, pero es que ellos sólo valenpara ir a tomar por culo, para que un día Raika -su perra- vuelva y les mande al otro barrio mientras, como no, yo les mando sus coches al desguace. Y todos felices. La gente de la sierra, al final, es mejor.