Antes de empezar con mi historieta semanal quiero dejar claro que si ayer no se pudo colgar nada en esta página no fue por mí, sino porque internet, a veces, te saca de quicio. Aunque la verdad es que tampoco estuve demasiado tiempo delante del ordenador, lo que me empieza a dejar la duda de si no sería mejor dejar escrita esta maravillosa página -me beso a mí mismo- el viernes o el sábado.
En fin, como recordarán los lectores con memoria -los que no, pueden bajar el cursor y verán el escrito de la semana pasada- les comentaba el domingo pasado que no me apetecía hablar del analfabetismo universitario. Me veo en la obligación de decir que qué leches, hoy me apetece. Y no sólo del alumnado sino además -y en especial- del profesorado.
Los chicos que estamos en la universidad, se sabe y se ve que no somos lumbreras. No toda la culpa es nuestra porque aunque tengamos mucha no se libran de mi reproche Maravall, Solana, Rajoy, Pilar del Castillo y Mercedes Cabrera entre otros ministros de educación malos, pésimos; capaces de hipotecarnos con tal de ganar votos o de escurrir el bulto. Todo eso para decir que la universidad está superpoblada, alguien debería advertir de que hay salidas muy dignas e incluso mejores en muchos casos que la universidad para los chavales. Pero la sociedad y los ministros de educación no saben expresarlo y parece que el que no va a la universidad es subnormal y lo que consiguen es que la universidad se llene de gente que ni quiere -y otros ni deben- estar allí. Estoy resignado a que no se puede cambiar y no se va a cambiar. Lo único que digo desde aquí es que esa incultura que se da en las aulas nos la debemos repartir los alumnos que nos da miedo no cumplir con nuestros padres y vamos a la universidad y los padres que no quieren ver a su hijo en un efepé de automoción aunque su hijo ame los coches y odie los libros. Que estudie Derecho hostia que mi hijo no se manche las manos a no ser que sea con la pluma estilográfica.
Díganme que esta exposición no es aburrida -porque lo es-. Pero díganme también que no cambia la cosa cuando hablamos de profesores gañanes que no saben dar una solución sin mirar su libro mágico de Harry Potter, de esos respetables señores a los que les preguntas de usted y te responden de tú y con cara de “¿a dónde va este repipi hablando de usted?”. Esos profesores que se limpian el sudor -por ser fino- con los programas y conceptos básicos a enseñar. Y qué me dicen de esos otros profesores comidos por sus ideales partidistas y por el buenismo social para los que todo es precioso y maravilloso y si por algún casual tú no piensas así, agárrate que vienen curvas. Y esos maravillosos “departamentos”, que yo suponía que existían para aunar conceptos, ideas y sabidurías a transmitir pero que en realidad sólo existen para dejar a cada uno hacer lo que quiera. Dos profesores de la misma asignatura parecen de carreras distintas. Y no exagero. Los departamentos están para taparse los unos a los otros si hay algún problema porque, como buen ente público, aquí nadie es responsable de ningún lío pero cobramos una pasta gansa además de lo que nos llevamos por debajo. También sirven para hacer la vida imposible a algún alumno atravesado a cierto profesor sectario, viva el corporativismo dirán los muy soplavidrios. Luego miran por encima del hombro al profesorado escolar. Les digo que Don Fernando Valcarcel y Don José Mateo (profesores míos del Colegio de Huérfanos de la Armada) se la meterían doblada a cualquier chupa cirios con cátedra de la Facultad de la que soy alumno en conceptos, inteligencia, expresión, forma de enseñar, respeto hacia el alumnado y en saltar la comba si se ponen. Estoy hasta las narices de la Administración Pública que te complica la vida hasta para matricularte, que se estropea la única forma que hay para hacerlo -por internet, como no- y vuelva usted mañana. Mariano José de Larra así nos lo dijo a principios del siglo XIX; su desesperanza no dio frutos porque España no va a cambiar en la puta vida. Qué esperar de un país donde importa más el estatuto catalán, la Educación para la Ciudadanía y la (des)memoria histórica que el paro, el terrorismo y la vivienda. Y qué esperar, me acabo de dar cuenta, de una universidad que tiene por Rector a Carlos Berzosa, progreso del progresismo. Lo he dicho muchas veces y cuanto más lo suelto más me cabreo. Pero rediós, una vez más sólo hace falta asomarse a la calle para ver que tenemos lo que merecemos.