Archivos para Septiembre 2008

29
Sep
08

Departamentos, alumnos, catetos

Antes de empezar con mi historieta semanal quiero dejar claro que si ayer no se pudo colgar nada en esta página no fue por mí, sino porque internet, a veces, te saca de quicio. Aunque la verdad es que tampoco estuve demasiado tiempo delante del ordenador, lo que me empieza a dejar la duda de si no sería mejor dejar escrita esta maravillosa página -me beso a mí mismo- el viernes o el sábado.

En fin, como recordarán los lectores con memoria -los que no, pueden bajar el cursor y verán el escrito de la semana pasada- les comentaba el domingo pasado que no me apetecía hablar del analfabetismo universitario. Me veo en la obligación de decir que qué leches, hoy me apetece. Y no sólo del alumnado sino además -y en especial- del profesorado.

Los chicos que estamos en la universidad, se  sabe y se ve que no somos lumbreras. No toda la culpa es nuestra porque aunque tengamos mucha no se libran de mi reproche Maravall, Solana, Rajoy, Pilar del Castillo y Mercedes Cabrera entre otros ministros de educación malos, pésimos; capaces de hipotecarnos con tal de ganar votos o de escurrir el bulto. Todo eso para decir que la universidad está superpoblada, alguien debería advertir de que hay salidas muy dignas e incluso mejores en muchos casos que la universidad para los chavales. Pero la sociedad y los ministros de educación no saben expresarlo y parece que el que no va a la universidad es subnormal y lo que consiguen es que la universidad se llene de gente que ni quiere -y otros ni deben- estar allí. Estoy resignado a que no se puede cambiar y no se va a cambiar. Lo único que digo desde aquí es que esa incultura que se da en las aulas nos la debemos repartir los alumnos que nos da miedo no cumplir con nuestros padres y vamos a la universidad y los padres que no quieren ver a su hijo en un efepé de automoción aunque su hijo ame los coches y odie los libros. Que estudie Derecho hostia que mi hijo no se manche las manos a no ser que sea con la pluma estilográfica.

Díganme que esta exposición no es aburrida -porque lo es-. Pero díganme también que no cambia la cosa cuando hablamos de profesores gañanes que no saben dar una solución sin mirar su libro mágico de Harry Potter, de esos respetables señores a los que les preguntas de usted y te responden de tú y con cara de “¿a dónde va este repipi hablando de usted?”. Esos profesores que se limpian el sudor -por ser fino- con los programas y conceptos básicos a enseñar. Y qué me dicen de esos otros profesores comidos por sus ideales partidistas y por el buenismo social para los que todo es precioso y maravilloso y si por algún casual tú no piensas así, agárrate que vienen curvas. Y esos maravillosos “departamentos”, que yo suponía que existían para aunar conceptos, ideas y sabidurías a transmitir pero que en realidad sólo existen para dejar a cada uno hacer lo que quiera. Dos profesores de la misma asignatura parecen de carreras distintas. Y no exagero. Los departamentos están para taparse los unos a los otros si hay algún problema porque, como buen ente público, aquí nadie es responsable de ningún lío pero cobramos una pasta gansa además de lo que nos llevamos por debajo. También sirven para hacer la vida imposible a algún alumno atravesado a cierto profesor sectario, viva el corporativismo dirán los muy soplavidrios. Luego miran por encima del hombro al profesorado escolar. Les digo que Don Fernando Valcarcel y Don José Mateo (profesores míos del Colegio de Huérfanos de la Armada) se la meterían doblada a cualquier chupa cirios con cátedra de la Facultad de la que soy alumno en conceptos, inteligencia, expresión, forma de enseñar, respeto hacia el alumnado y en saltar la comba si se ponen. Estoy hasta las narices de la Administración Pública que te complica la vida hasta para matricularte, que se estropea la única forma que hay para hacerlo -por internet, como no- y vuelva usted mañana. Mariano José de Larra así nos lo dijo a principios del siglo XIX; su desesperanza no dio frutos porque España no va a cambiar en la puta vida. Qué esperar de un país donde importa más el estatuto catalán, la Educación para la Ciudadanía y la (des)memoria histórica que el paro, el terrorismo y la vivienda. Y qué esperar, me acabo de dar cuenta, de una universidad que tiene por Rector a Carlos Berzosa, progreso del progresismo. Lo he dicho muchas veces y cuanto más lo suelto más me cabreo. Pero rediós, una vez más sólo hace falta asomarse a la calle para ver que tenemos lo que merecemos.

21
Sep
08

Silencio por favor

Este año tuve la fortuna de conocer lo que es estudiar en septiembre. O lo que se entiende por estudiar, porque poco tiene que ver memorizar durante una semana conceptos discutidos, discutibles y odiosos a lo que pretenden sea un haber de conocimientos; para lo que en muchos casos no hace falta memorizar porque te lo han metido con calzador, practicando y con lecturas, como debe ser. Como debería ser. Los profesores incompetentes –hay otros buenos, muy buenos- y asignaturas de relleno de unos planes de estudio ridículos son parte del problema. Otra parte somos los propios alumnos, catetos en su mayoría, estudiantes de periodismo que escriben ‘deve’ y ‘hubicar’ con matrículas de honor a mansalva. Con ese panorama muchos profesores ponen un examen de memoria, cuatro chorradas que ni sirven ni servirán pero que todo burro puede aprender y así a final de mes seguimos cobrando y el año que viene otra vez igual.

No pretendo hablar del analfabetismo universitario. Sólo hace falta pasarse por Ciudad Universitaria y, en especial, por la mía (Ciencias de la Información) y alguna que otra más, como Educación, para darse cuenta de que lo que digo es verdad. Chavales que quieren ser profesor de matemáticas y para lo que ya no se les exige una certeza infinita en el saber matemático sino, simplemente, saber enseñar matemáticas. Si no sabes que dos más dos son cuatro no pasa nada, viene en el libro. Pero aprende a explicarlo. Y a otra cosa mariposa.

Les decía antes de este desvío provisional, que tuve que hacer un examen el jueves pasado. Y por repetir la experiencia de junio quise estudiar en la biblioteca de Humanidades de la Complutense, observar la raza humana es mejor que el cine –y ni les cuento si es cine español de Almodóvar-. Así que allí me planté yo, con mis gafas, el foco individual dándome en la cara, moviendo nervioso los ojos entre los folios y los caretos desconocidos. Observancia objetiva lo llaman algunos -el jurista italiano Paolo Grossi para más señas. Que lo usa mucho entre otras grandes soplapolleces memorizadas por mí esta semana-. Y he descubierto cosas no se crean. Una semana y media a razón de ocho horas diarias es tiempo más que de sobra para ver lo anormales que somos y nos comportamos. Está en nuestra naturaleza ser unos mangurrianes así que imaginarán todos mis avances en la observancia humana. A parte de que Miguel Ángel Sánchez es un buen amigo pero poco puntual –cuarenta y cinco minutos un día, una hora otro-, mis estudios se pueden resumir en cinco palabras: somos gilipollas hasta la bola.

Para muestra un botón. Verbigracia. Fue mi penúltimo día de estudio –tanto de la asignatura como de la raza- y yo estaba sentado en una esquina de las mesas que recorren de lado a lado la biblioteca, pegado al pasillo por el que pasa la gente que entra y sale y, como acostumbro, estaba de espaldas a la puerta. Siete sitios a mi derecha se sentó un trío de tontos del haba. Les sonarán, uno que cree que Madrid tiene playa y va en chanclas y bañador, otro estudia con el emepétres que si afinas el oído oyes el último exitazo de chumba-chumba Denia’2008. Y el otro, pues el otro era bajito sin más. Pero me caía mal por su compañía. Pues al alto, al que se le adivinaba la convicción de que saliendo de la biblioteca a la derecha estaba la playa de Riazor, le llamaron al móvil; invento de Satán en esos momentos. Uno que piensa en la educación como un bien necesario piensa que si te suena el móvil en la biblioteca lo mínimo es tener desactivado el sonido y luego salir, sin correr por Dios, y descolgar al estar ya fuera. Pues uno piensa eso y se da de bruces con que aquí ni educación, ni qué dirán, ni Cristo que lo fundó. El soplavidrios larguirucho tenía una melodía la mar de moderna que todo el mundo pudo oír, el chulo del alto nos mostró a todos su capacidad para susurrar en un tono agudo la frase aristotélica ‘¿qué pasa putilla?’ y me ayudó a solucionar una duda que he tenido desde siempre: la suela de goma suena como mojarse un dedo y metérselo en el oído cuando se corre con ellas –con las zapatillas claro-. Los otros dos mientras se reían de algún ingenioso comentario de alguna maciza que hubiese por ahí (no había muchas, se lo digo yo que estuve semana y media de observancia general). Pensaba que no podía ser peor, incluso me di la vuelta y creí compincharme en pensamientos con un señor mayor que leía el ABC. Qué ingenuo fui. Al llegar el playero de su conversación con la putilla le dediqué una mirada de odio, nada más pensando que yo era uno y ellos tres. Cinco minutos después vino mi desilusión, mi caída a la crisis de fe –más aún- en las personas. Sonó un móvil. Tiruriru-tiruriru,tiruri-ruuu-riiiii; tiruriru-tiruriru,tiruri-ruuu-riiiii –sonó dos y tres veces-. Yo sentía cerca el ruido, a mi espalda. Cuando oigo la voz del que contesta no puedo sino sorprenderme primero por el tono. Que era el tono tasca, ignorando los múltiples carteles de “Silencio” y, el non plus ultra sorpresivo, era el hombre mayor del que me creía cómplice de las buenas formas. El hombre tardó unos cinco minutos en mantener esa conversación, no se movió de su sitio en ningún momento y pedía insistentemente que le repitiesen lo que le habían dicho desde el otro lado del cacharro. Sólo le faltó encenderse un cigarro y pedir un sol y sombra al jodío. En todo ese tiempo, toda la biblioteca le miró y re-miró, chistaron y poco más. Nadie, incluido yo que no pasé de pensarlo, se levantó a decirle cuatro cosas a ese anciano. Y es que la juventud de ahora es muy retrasada y estereotipada pero de algún sitio habremos tomados los modelos y ese hombre es uno de ellos. No nos hacemos a nosotros mismo sino que nos construimos con las aportaciones de los que estuvieron aquí antes que nosotros. En esta chorrada –que no es chorrada, se llama estilo y saber estar-, en economía, política o lo que sea. No es todo culpa nuestra, que los mayores asuman su parte de culpa. Y nosotros también. El buenismo y el qué dirán hizo que ese anciano no recibiese un librazo en la cabeza porque hay que cuidar a la tercera edad. Y si, hay que cuidarla, pero también recriminar lo que está mal hecho. Las normas son las mismas para todos y alguien –quizás yo- tuvo que cogerle el móvil y apagarlo. No lo hicimos porque el progresismo, talante y buenrollismo es ir a nuestra bola y no le voy a reprochar algo a nadie no vayan a pensar que soy un fascista Lo políticamente correcto frente a todo tiene estas cosas. Así nos va, primero un anciano habla por el móvil en la biblioteca y después te aborregan en la educación y te arruinan en lo económico y, como no, no nos quejamos. Somos gilipollas, y se aprovechan de ello.

14
Sep
08

Demandando que es gerundio

Hoy toca otra vez Antonio Puerta. El mismo nombre pero distinta persona. La semana pasada le tocó al pega catedráticos y ésta al fallecido jugador del Sevilla Club de Fútbol -siempre que habla su presidente lo dice así, Sevilla Club de Fútbol, no se cansa-. Para honrar la verdad no hablaré de él pero me aprovecho de un caso de su familia para extrapolar a esta sociedad estúpida siempre, soplacirios casi a diario.

Como habrán podido leer esta semana la familia del ex-jugador del Sevilla ha pedido al club dosciento cincuenta mil euros (250.000€) por considerarlo responsable de la muerte de Puerta. Esto tiene un punto simpático, además del que se ve a simple vista, y es que la muerte se produjo hace un año. Mi amigo Luis Coto lo dijo, ‘Esto no es así. Pero si demandas, hazlo cuando ocurre y no un año después’. Y claro que no es así. La ley de este país es saca provecho de todo y si encima hay muerto mediático de por medio darás más pena y la solidaridad ciudadana estará contigo y no hay nada que perder. Verbigracia -la quería utilizar hace ya-. Si un chaval de quince años con ingesta  más que excesiva de absenta negra llega a su piscina comunitaria a las cuatro de la mañana, salta la valla de metro y medio, se desnuda, se lanza y, ¡oh Dios mío!, muere -pongan lo que quieran: golpe con el bordillo, corte de digestión o tirón de cualquier músculo estriado-. Bien, a parte de que al día siguiente Está pasando nos plante la noticia justo después de hablar del embarazo psicológico de Francisco “Kiko” Rivera, ¿qué más hay? Pues nada. Lágrimas de sus familiares que juran que su hijo nunca probó el alcohol o alguna variante. Así se quedarían las cosas en cualquier país. En cualquier país menos en España. Aquí se le mete un puro a la comunidad de vecinos por no tener una valla de estilo melillense ni candados de Guantánamo. Eso si no hay mala suerte y el chico hace eso en diciembre, que entonces le metían otro puro por tener la piscina llena fuera de fecha -y si estuviese vacía y palma del golpe, pues al revés, que tanto da-. Lo peor no es que se intente sacar tajada de una muerte (y mira que eso ya es bajo), sino que lo peor es que la Justicia les da la razón y se llevan una indemnización de narices. Cierto es que casi todo empezó desde que las tabacaleras son culpables de que fumemos; si bien es verdad que las multinacionales del tabaco son unos verdaderos demonios nada de culpa tienen de que yo fume y muera por ello.  Pero aquí en España lo llevamos todo al extremo, en esos somos la progresía del mundo -otro pin que se puede poner Zapatero-. Y eso es sólo un ejemplo, todos sabrán multitud de casos y otros tantos en los que no haya muerte pero algún meñique dislocado que les haya permitido meter la zarpa al lesivo agresor.

El último caso es el de la familia de Antonio Puerta, que considera que el equipo de fútbol que hizo de la familia Puerta una familia millonaria es la causante de que su hijo ya no ande por estos lares. Y por eso piden a ese equipo que permitió a su padre comprarse un Audi Q7 un poco más de dinero. Además, lo reconoció abiertamente la madre del fallecido: ‘Hay que tener en cuenta que nuestro hijo nos ayudaba económicamente’. Y eso me parece muy bien, pero si ya no está es imposible que les siga ayudando. Ni económicamente ni psicológicamente. Y echarle morro -porque eso es lo que hacen ahora- y querer seguir en el mismo nivel de vida es faltarle al respeto a todo el mundo, incluso al respeto de Antonio Puerta. Él se murió jugando al fútbol, su trabajo, nadie es culpable ni le pusieron una pistola en la sien para que lo hiciese. El único responsable es la vida y a esa es más dificil demandarla. La familia de Antonio Puerta que acepte lo que ha pasado, es una putada, pero a veces pasan estas cosas, que no intenten buscar culpables porque no los hay y acepten todas las muestras de cariño que les brindan pero que no esperen nada más. Ya no habrá dinero a espuertas y así debe ser. Lo demás desvirtúa a una sociedad ya de por sí desvirtuada. En el fondo no será culpa suya, sino de todos. Ven que otros chupan por menos y dirán que porqué ellos no. Pero las cosas no son así, hay que ser caballeroso también cuando vienen torcidas. Demostrará más calidad humana. Y eso es más importante que otro Porsche en el garaje.

07
Sep
08

Te lo mereces

Pongo en conocimiento de los escasos lectores de esta página que estoy a favor de colgar del palo mayor del Sebastián Elcano -insigne velero escuela de la Armada Española- a todo cabronazo capaz de pegar a su mujer, novia, madre. Y también a los que levantan la mano a padres y hermanos, seamos paritarios en violencia doméstica. Y con estas primeras líneas me justifico como medida preventiva a una más que probable denuncia conjunta de Bibiana Aído -miembra selecta del Gobierno- con feministas enfermizas por la afirmación que a continuación les formulo: Algunas se lo merecen. Quizás exagere. A tenor de lo que conozco, por lo menos una se lo merece -o merecería, que aquí todo es presunto-.

Resulta chocante ver en esta España -la única- donde no saludamos al vecino por miedo, odio o envidia como un hombre ayuda a alguien por amor al arte, por ética, por conciencia, por ayudar al débil -a la débila en este caso supongo- o porque le salió de las narices, tanto da. Por ello es un héroe. No sé si será buen profesor o pésimo; si es sectario o plural. Y tampoco sé -ni pretendo saberlo nunca rediós- si cumplía con su mujer o si la tenía en ascuas (se lo dejaremos a Patiño y compañía este tema). Lo que sí sé es que por deber y honradez bien entendidos intentó impedir que una mujer fuese vejada por su marido. Seguramente no era el único que pasaba por ahí (esos son menos chocantes, ya que aquí conocemos muy bien eso de que cada perro que se lama su cipote y cada perra su vulva) pero él participó impidiéndolo y como recompensa, ¡pumba!, puñetazo a traición y una situación clínica casi imposible de superar. De esto se ha escrito mucho y no quiero ser pesado además de que suelo compartir mínimos con la opinión pública. Yo, ya lo escribí, le colgaba arriba del barco de marras aunque, esta vez, por la agresión al héroe anónimo -por ser suave porque en realidad me apetecen otras cosas que incluirían artilugios que los carga el diablo-.

Del canalla no voy a escribir más, no hay opinión sobre ese engendro. Que le peten donde tenga que ser y que rece por no cruzarse a alguno que en vez de con la tecla como yo se desahogue con un bate de béisbol. En este caso lo que me chirría es otra cosa -u otra persona, a su elección lo dejo-: mi amiga la mujer del agresor del catedrático. Que, por cierto, se ha hecho mediática y ya la he podido leer  y ver en medios de comunicación defendiendo lo indefendible previo paso por caja, una Belén Esteban más, qué alegría. Alguien le tendría que haber dicho que es mejor parecer tonto y estar callado que hablar y confirmarlo. Esa mujer no es una agredida ni una maltratada, eso dice con unas lágrimas de rabia que ni Boabdil. Pues yo, qué quieren que les diga, le voy a dar toda la razón del mundo. Si ella dice que no, no seré yo quien le obligue a ser lo que no es. Sinceramente, lo que esa mujer es -y aquí hago de adivino- es un futuro cadáver de la violencia sexista. Y lo será por kamikaze, desagradecida y soplapollas. Ni me extrañaré de que suceda ni clamaré al cielo por una ley que no es efectiva -para que se cumpla una ley se debe entender y no le pidan eso a sesenta perturbados- porque, sin más, se lo mereció. Decir que era una disputa privada y ¿tú pa qué te metes? es tanto como decir que sus golpes, moratones y posible fiambre no le incumbe a nadie y que si ella no se defendió sería por algo. Algo que no tendría que ver, ni por asomo, con que era mucho más débil físicamente sino a temas más íntimos, privados dice. Quizás le dijo que ella finge los orgasmos y él, cauto en sus reacciones, estaba en su derecho matrimonial de enfadarse, zarandearla y llegado el caso, degollarla. Pues no, las cosas no son así. El hombre que ahora está más muerto que vivo se puso en medio para que no te pasara lo que a muchas otras mujeres y tú no sabes ni dónde está tu coño porque se te hace todo agua con el hijo de puta ese y criticas a alguien que sabe cómo debe comportarse una sociedad. Te lo mereces chica, por tu forma de ser te mereces esa pareja que pega a un hombre que va de espaldas y te pega a ti de espaldas, de frente o mientras te atas los zapatos. Te merecerás, si sigues pensando así, que un día El Mundo, El País y La Razón abran con tu cara y un número al lado. Te merecerías que la cama de hospital de Neira fuese de tu propiedad. Nos habríamos ahorrado saber tu repugnante opinión y pensaríamos que fuiste una pobrecita más. Lo dicho, si es que hay gente que merece lo que tiene.