06
Jul
09

Graciosos gilipollas

Un amigo mío me ha repetido muchas veces que si en este país naciese un tonto más no entraríamos; y la verdad que no se equivocó pero me da a mi en la nariz que se queda corto. Le faltó decir que lo que ya no nacen son gilipollas, o al menos no como los de antes, porque el cupo ya está lleno.

Los gilipollas de ahora son más edulcorados; ya saben,  lo políticamente correctos que viste mucho. Son los que creen en el pleno empleo del político de turno que les deja en la calle o se creen en el poder tras ganar unas elecciones que a nadie importa excepto a sus ombligos. Son los que necesitan un día en el calendario para gritarle al mundo que son normales cuando todos lo sabemos desde hace mucho y no montamos cirios innecesarios; también son los que van en bañador por la calle de Madrid como si de un paseo marítimo de cualquier pueblo de costa se tratase; pero esto ya es estético y, aunque me irrite la vista, no diré nada porque no es mi misión de hoy.

Pero hay un tipo de gilipollas que es el que a mí me preocupa. No se relaciona con sus semejantes, no vive con un cartel en la frente que lo identifique, incluso hay gente –estos sí llevan el cartel- que les llama intelectuales y siguen sus alabanzas y discursos de mundo-feliz hasta el fin del mundo.

El País Vasco, además de zona preciosa y de amplia historia militar y nacional, ha sido para su desgracia lugar de nacimiento de algunos de estos. El último nos sorprendió ayer deslizándose cual sirena por el mar con arpa y todo con unas declaraciones que si no fuese porque el tío tonto se dejó grabar cuando lo decía pensaría que darle el dudoso honor de ser el acuñador de la frase era consecuencia de alguna broma o algún tipo de venganza contra él. Pero uno que es muy confiado peca de inocente y ahí le ve,  escoltado por boliche y el hermano feo de los Marx, afirmando que “Euskadi no es un Perejil ni un islote estratégico donde algunos claven su estandarte como signo de conquista”. Para mí que el señor Urkullu llega mil novecientos años tarde; o sino, con lo que se ha pasado ha sido con el pacharán. Mira que se lo tengo dicho don Íñigo, no empine el codo antes de una charleta que luego les toman a ustedes por el pito del sereno, si es que sereno tuviese pito y ustedes algo que decir.

Es gracioso el presidente de lo que queda de partido nacionalista vasco porque no deja de ser cómico que con cara de solemnidad bautismal, con el sudor en la frente después de una caminata y hablando de colores y banderas –¿no se queja precisamente de eso? – diga tal pamplina; además lo hace más gracioso el hecho de que al nombrar Perejil me viene a la cabeza la imagen del cagaprisas de Trillo diciendo aquello de “a las ocho de la mañana y con suave brisa de levante….” Si el gran Gila siguiese con nosotros lo tendría facilísimo para sacar ese humor anti-bélico con Urkullu y Trillo.

A mi lo que me da miedo, es que la gente le vea como un payaso sin maldad; y lo primero salta a la vista, pero lo segundo es más falso que un político honrado. Urkullu tiene la maldad en sus genes, en sus antecesores, Arzallus a la cabeza; y alguien con ese currículum de mí se ha ganado, de entrada, una mirada de recelo y el pensar que lo que ladre por la boca será mentira. El partido del conquistado Urkullu es el que ha planteado un complot contra la institución democrática por no aceptar el juego limpio de perder unas elecciones, es el que se ha demostrado daba órdenes para no detener a ciertos hijos de la grandísima puta de la izquierda abertzale violenta; el mismo partido que en Vitoria dice una cosa y en Madrid otra; el partido político del servilismo y la falsedad histórica, educativa y hasta intelectual. Comparar el País Vasco con Perejil no tiene comparación con ninguna otra frase política; a excepción de la que suelta, una tras otra, Leyre Pajín y sus acontecimientos planetarios; además esa comparación tan burda me parece un insulto para sus propios votantes, que imagino horrorizados con la idea de ser un islote en medio de la nada más absoluta, sin deneíes vascos, tabernas donde tomar pinchos ni ikurriñas que izar a ningún mástil porque, simplemente, no hay espacio para mástiles.

Urkullu cree que la gente no piensa; y en eso le doy la razón al jodío.  Así que la panda tarugos que fueron con él de excursión al campo el otro día volverán a casa extasiados, con ganas de encontrar a su señora (o señor) para desfogarse de todas esas ideas y pajas mentales que se ha hecho en el Gorbea. Pero a esos gilipollas se les reconoce porque, además, son estúpidos. A Urkullu no; él vuelve a casa, se quita la nariz roja y los zapatones y uno queda totalmente sorprendido de que ese payaso no es un tío gracioso por las cosas que dice, sino que es un auténtico gilipollas. Gracioso gilipollas.

15
Mar
09

Bosco y Jimena

“Siempre llega tarde”, Jimena lo piensa cada mañana cuando ve que su marido, Bosco, se levanta con la hora pegada. Él, mientras, corre a ducharse y entre carreras de un lado de la cama al baño, sonríe y besa furtivamente a Jimena; provocando su sonrisa.

Llevan poco más de un año casados y, como dice Bosco, ‘por fin son libres’. Libres por comprarse una casa ya que hasta entonces vivían en un piso de los padres de ella y a Bosco le reconcomía el orgullo. Pero las cosas iban cada vez mejor así que, hipotecándose como casi todos los matrimonios, se hicieron con su piso en propiedad. Tres habitaciones, una de ellas aún vacía pero que Jimena -no se lo había dicho a Bosco- quería llenar cuanto antes con un renacuajo. Él iba con una sonrisa por la vida gracias a estos últimos seis meses, y eso que se ganó un mes de baja por un problema de espalda que se produjo al hacer la mudanza a su nueva casa. Pero aunque sonriese, cuando quedaba con los amigos a tomar una caña después del partido del domingo, les confesaba que echaba un poco de menos vivir en la capital. “Es un coñazo esto de madrugar”. Bosco fue dogmático porque, dirán que no, a nadie le gusta.

Tan coñazo era que siempre se quedaba dormido y Jimena ejercía de despertador. Bosco estaba encantado de que en vez de un ‘bip-bip-bip’ le despertase la voz serena y todavía medio dormida de su mujer. Además, cada vez que se sentaba en su cocina para desayunar y miraba alrededor se sonreía a si mismo sintiéndose con el deber cumplido. Jimena, además, había empezado a buscar trabajo para mantener los gastos del piso y comenzar a planificar ese secreto suyo que, como toda idea que nace de la mujer de la casa, se convertiría en realidad con sólo pronunciarlo en voz alta.

Bosco, todavía sentado en la cocina, vio entrar a su mujer y pensó -o dijo en alto, no lo recuerdo- que a quién le tenía que dar gracias por una mujer así. Jimena, mientras cogía su taza con dos cucharadas de café y una de azúcar que le había preparado él, pensaba -seguro que ella sí pensaba, no era de regalar oídos así porque sí- que gracias a Dios había encontrado a Bosco, que era imposible ser más feliz y que, esta tarde, le diría sutilmente lo de ir en busca de un hijo.

Todavía con espuma de afeitar en una oreja (que se quitó al mirarse en el espejo de la entrada porque Jimena no podía parar de reír) se disponía a salir corriendo Bosco. Al final, ya aseado del todo, el joven informático emprende el camino al trabajo. Todo era muy bonito dentro de sus cuatro paredes pero fuera hace algo de fresco y mientras camina todo el aire le viene a la cara. Con las prisas se ha dejado la bufanda y, además, va pensando en el tipo que se saltó un ceda al paso y se empotró contra él. Le dejó un mesecito sin coche el simpático conductor aunque, con un poco de suerte, el viernes lo tendrían arreglado.

Mientras esperaba mandó un mensaje por el móvil a Jimena porque, con las prisas, no le había dicho que la quería y, manías de él, se lo tenía que decir al principio del día para que su trabajo fuese perfecto. Al subir y sentarse -casi inicio de trayecto, los sitios abundan- ladeó la cabeza apoyándola contra el cristal, se puso los cascos de su mp3 y comenzó a ver, otra vez, los cartelitos publicitarios que hay a ambos lados de las carreteras de acceso a Madrid. Ahí siguen ZetaPé y Marianico con las fotos retocadas y sus frases vacías. Le parecía que los había visto millones de veces y eso que siempre viajaba en su Seat Toledo heredado de su padre excepto este tiempo de obligada abstinencia de viajar en coche.

Miraba el reloj constantemente, llegaba tarde. Mira que se lo había advertido un sin fin de veces Jimena pero él siempre apuraba en la cama. Esboza una sonrisa cuando se da cuenta de que no es el primero ni será el último en dormirse y, además, lo único que va a pasarle es pagar los cafés de todos los compañeros por ser el rezagado así que piensa, mientras se ajusta en los incómodos asientos, que ojala no sea el único que se haya quedado dormido. Con la idea de Santi, su compañero de mesa, riéndose de él y exigiendo su café se quedó dormido.

Volvió en sí cuando una voz mecánica gritó “Asamblea de Madrid”. Le miraban con cara rara una pareja de veinteañeros que tenía delante y deseó no haber roncado y que, como mucho, esa cara extraña fuese producto de que se le hubiese quedado la marca de la correa del reloj en la cara. Después miró la hora, pronto. Al final recuperó tiempo en el trayecto así que, para reírse de -y con- Jimena, llamó. “Así que iba a llegar tarde, ¿eh? ¡mira!”. Se rieron por alguna gracia que ella haría y colgó el teléfono espetando un ‘esta tarde nos vemos’ y un  ’y yo también’. Justo después, cuando ya te vas levantando porque el viaje toca a su fin y piensas cualquier cosa, sacó corriendo el móvil y buscó el calendario. Cuando hay que ir a trabajar no sabía en qué día vivía, o si lo sabía le daba igual; temía haberse olvidado del cumpleaños de su hermana Silvia. Menos mal, todavía no era día quince. Agarrado a la pasarela, de pié junto a esa pareja de veinteañeros que ya no le miraban sino que luchaban por ser los primeros en salir en cuanto parasen -’ellos sí llegan tarde’ pensó-, mirando las ropas tendidas en las casas que bordeaban las vías y con el móvil todavía abierto le vino otro pensamiento, el último del viaje: ‘Este finde me escapo con Jimena a una Casa Rural. ¡Por fin es jueves!’. Era jueves, sí. 11 de marzo de 2004.

03
Mar
09

El mazo de la justicia

Hace un tiempo, mi pluma (sería más correcto decir mi tecla) sirvió para comentarles cómo un hombre iba a ser rociado de ácido como castigo a esa misma acción. La Ley del Talión en el siglo XXI. Con brocha gorda esbocé que, a veces, es mucho más humano interpretar al primo Talión que no a una justicia que de vez en cuando -más a menudo de lo que gustaría- se encarga de demostrar que de social y justa, valga la redundancia, tiene mas bien poco.

Hoy vuelvo a hablar de Talión o, lo que es lo mismo, Ley del Mazo. Ponerles en situación sería repetir una historia que ya se ha visto -para gozo de todos- y comentado estos últimos días; así que simplemente les coloco en Lazcano (ellos dicen Lazkao), provincia de Guipúzcoa, al mediodía del martes 24 de febrero cuando la madriguera de ese pueblo fue misteriosamente destrozada por, presuntamente -como buen presunto periodista me gusta presuntamente cuidarme y estos presuntos detallitos del presunto son básicos para la  presunta corrección-,  un tal Mazo. Un día antes, los asiduos a esa taberna -si no a esa, a una parecida en algún otro pueblo de la zona- habían reventado la Casa del Pueblo con una acción propia de ellos: bomba y correr; así que Mazo se cabreó y decidió a golpe de cabeza -la suya claro- entrar allí cuando estaba cerrada y llevarse por delante todo lo que buenamente pudiera destrozar.

Mazo usó un instrumento para poder llevar a cabo su maléfico plan, utilizó ‘un emilio’ que empleó para poder subir y bajar en el aire porque, sin él, poco iba a destrozar el cacho cabrón de Mazo. Así que allí estaba él, como les decía, parte de madera abajo y de goma arriba, a la luz del día enseñando su figura, algo que no hacen los de la lucha ‘legítima’, y accionando a su monigote para que subiera y bajara mecánicamente y soltase improperios contra los excepcionales camareros y clientes del garito mientras sonaban los cristales, mobiliario y demás cosas que se rompían, presuntamente, cuando Mazo golpeaba. Scrach, scrach. ¡Qué anti-democrático!, ¡qué terrorista!, ¡qué violento!, ¡qué inhumano!

Ante tal barbarie las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado vasco -¡juas! Qué risa tía Felisa- actuaron como se debe, con proporcionalidad; esa que luego piden para hechos a cinco mil kilómetros de aquí los amigos, sumisos o cómplices -o los propios terroristas-. Frente a Mazo armado con un emilio enviaron tres patrullas con sus seis ertzaintzas. Si alguno de ustedes pensaba que esos ni son policías ni nada y que como mucho se parecen a los agente de movilidad que se ven por las calles de Madrid se equivocan de cabo a rabo. Resulta que no son esos tíos de rojo y negro que se paran enfrente de manifas ilegales (no toda la culpa es suya) sino que esos tíos, curiosidades de la vida también de rojo y negro, son unos policías del recopetín. Detienen y crean diligencias en un periquete. El non plus ultra de la efectividad vaya. Mazo custodiado por dos agentes mientras otros cuatro desactivaban el modo insultos y estiramientos de brazo del emilio. ¡Uf! el pueblo sale de su escondite y respira tranquilo.

Lo más surrealista de todo es que es al emilio al que le pretenden empurar. ¿Alguien se imagina a un juez imputándole a una pistola un homicidio? Es muy entendible que no podamos tomarnos la justicia por nuestra mano y Mazo pague por ello con todo el peso de la ley, pero ya me dirán qué culpa tiene el pobre emilio que se vio arrastrado allí por Mazo, el -repito- presunto autor material de los destrozos. Así que como bien dicen los políticos de todos los colores (lógicamente los máximos representantes de lo políticamente correcto, y más en elecciones como era el caso) no podemos estar a favor de que Mazo haya realizado este acto irracional de destrozo pero, ¿qué me dicen del emilio? Es imposible que por hacer lo que Mazo y la sociedad española le piden a gritos le condenen y menos cuando fue un mero instrumento.

Instrumento necesario, eso sí. Necesario para que se vea que la sociedad vasca y española todavía está despierta aunque el sueño atonte lo suficiente. Emilio es un instrumento necesario para que desde Lazcano a Sanlúcar de Barrameda sonriamos al ver a un hombre con un mazo entrar en un bar a destrozarlo sin pensar que es un loco sino que es el más cuerdo del pueblo. Emilio es un instrumento necesario porque somos más los del mazo y el cabreo que los del hacha y la serpiente. No dijeron más que gilipolleces los trajeados que viven con escolta. Era casi más previsible que el hecho de que mazo y Emilio hayan tenido que abandonar su pueblo. Ha perdido, de una tacada, su casa y su forma de vida y lo único que se les pasa por la cabeza a los políticos es un “¿qué dirán?” antes de abrir su bocaza. Emilio tendrá que buscar otra casa y si tuviésemos vergüenza en este país Pepiño Blanco le daría su ático de lujo y Touriño su Audi exclusivo, el pepé le pagaría un escolta en vez de contratar espías y no dudaríamos en defenderle frente a las denuncias abertzales. La democracia no se quiebra por eso por mucho que quieran vender la moto.

En lugar de esto, a Emilio le condenan los políticos y se convertirá en acusado al mismo tiempo que se le invita a los terroristas a convertirse en víctimas. Y nos parece normal.

Un mazo; hay veces que eso querría tener yo.

16
Feb
09

La Historia nunca miente

Si me lo permiten hoy vamos a ir de conmemoración histórica y, si no me lo permiten, ya pueden darle al aspa de arriba a la derecha y cerrar esto porque lo van a leer sí o sí. Además me servirá para deshacer un montón de estupideces que se dicen y refieren a dicha batalla. El pasado 10 de febrero se cumplieron 66 años de la Batalla de Krasny Bor -Bosque Rojo a la traducción- emplazamiento cercano a Leningrado y que tuvo lugar en el cerco de esta insigne -y bonita, por cierto- ciudad rusa.

Debido a los nostálgicos de camisa carcomida por las polillas de un lado, y a los repartidores de carnés de progresismo del otro, el maniqueísmo en torno a la expedición española ha sido la seña de identidad en este país que si algo tiene de especial es su capacidad para enterrar en la tumba más profunda sus hazañas bélicas o históricas. Krasny Bor es sólo una muestra del saco donde también podemos encontrar a Blas de Lezo en Cartagena de Indias, el asedio a La Coruña con María Pita o, también, la Batalla de Tenerife contra el ‘invicto’ Nelson.

El caso, Krasny Bor fue la única vez que los españoles se enfrentaron en combate directo a la Unión Soviética y la verdad que perder, perdimos; aunque para algo bueno que tenemos los de este lado de los Pirineos diré que, perdimos con estilo y sino, miren los datos: seis mil infantes españoles frente a 44.000 soldados soviéticos -sin contar carros de combate, morteros y otras piezas de artillería que no recuerdo el nombre de memoria- y cayeron trece mil rusos por cuatro mil españoles. Ahí es nada. El problema es que los generales del perturbado Hitler -y el mismo Adolfo- estaban muy ocupados en mover sus figuritas sobre el mapa del Risk como para ir a ayudar a cuatro pringados de un país que decía ser amigo pero que pasaba de la guerra. Así que, después de darles el flanco más débil del cerco a Leningrado tenían claro que no aguantarían un ataque de todo el arsenal que se les venía encima. Pero los españolitos de a pie, no muy listos pero si muy honrados cuando se trata de darnos de hostias, dieron una lección a Alemania, a la Unión Soviética y a nosotros mismos demostrando que el honor, el compañerismo y el ’si tú caes, yo caigo’ no era exclusivo de arios o camaradas tovarich, sino que de eso sabemos más que nadie aunque solo sea por Historia. Otros que no tuvieron la suerte de morir esa mañana fueron enviados a esos parques de recreo de los que nadie quiere hablar, de nombre Gulags-. Y los terceros, que ni murieron ni fueron enviados a esas atracciones, regresaron a España para contar una historia que ha sido borrada sin mirarla, simplemente porque su época no gusta.

Ni Franco, ni la nacionaldemocracia ni el comunismo tienen absolutamente nada que ver con lo que encarnan esos cuatro mil muertos españoles, lo que pasa es que catetos los tenemos a patadas en el mundo, y en España para qué les voy a contar, así que el “si lo dice mi enemigo es que es malo” junto con la desinformación y la falta de cultura histórica han hecho que esta batalla se convierta en un blasón de cuatro cabezas rapadas ineptos -para algo que leen lo malinterpretan-. Esa es la razón por la que nadie quiere recordar nada nunca. No es cuestión de idearios sino de miedos. Miedo a ser visto como un bicho raro o, en este caso, un nazi, un franquista o un nostálgico. Quien se acerca a la Historia como ella se acerca a nosotros, es decir, como sucesión de actos, es imposible que se convierta en algo perverso. La época de Fernando VII puede interesarme, pero no me convierte en amigo de ese engendro, sin duda el peor monarca de España. Sólo por sentir curiosidad en la historia bélica de mi país me han llegado a llamar -junto y a la vez- nazi, carlista, monárquico y republicano (incluso opresor de provincias libres opinando sobre la Guerra en Marruecos).

En mi capítulo anterior les dije que España es la historia del olvido, este es un ejemplo más. Pero no ya por parálisis educativa, sino porque queremos olvidar. Esos cuatro mil hombres, independientemente de sus motivaciones, lucharon contra un régimen dictatorial -la mar de divertido aún hoy para muchos intelectuales- como hemos hecho siempre los españoles: con honor, con capacidad de reacción y con talento ante las situaciones nebulosas. Esos valores son lo que ha hecho a otros países aceptarse y crecer. A nosotros todavía nos queda ver que el olvido es la peor forma para conocernos y así, hoy, intento recordar un trozo de nosotros. No una historia de ‘la época de los nazis’ como dicen los libros de texto, sino una historia real donde lo que importa es la fidelidad al compañero y la lección a la soberbia del que se cree grande, no el símbolo del estandarte.

01
Feb
09

Una historia de tantas

Estaba Antonio en su casa, una vela encendida y la pluma en la mano. Delante un trozo de papel en blanco y a un lado, arrugado, una nota escrita. “Antoñito majo, me estoy cansando de estar con los brazos cruzados y de los ‘después’ que me dice usted casi a diario. Si quisiese ser despechado me dedicaría a ligar con mujeres de mala vida y no a confabular. Voy a traer al señorito mister A ya, quiera usted o no”. Antonio estaba fastidiado, como cuando a uno le abandona la suerte, el honor o la mujer -o las tres a la vez- y no sabía qué había pasado. Arsenio había sido su máximo apoyo, su aliado, su compañero, su todo durante este año que acababa. Diciembre tocaba a su fin y quería pasar estos meses tranquilo y en familia, pensaba que el bien de todos y el suyo propio dependían de ello. No así Arsenio, que estaba hasta la coronilla de fumar en pipa y de oír blasfemias contra Alfonsín, Isabel y Dios sabe hasta qué punto del árbol genealógico podríamos seguir enumerando -aunque, desde aquí, compartamos las blasfemias al abuelo del primero-.

Entre todos estos pensamientos se debatía Antonio mientras observaba por la ventana la castiza vida madrileña y meditaba, todavía, qué contestar a la misiva recibida. Estaba enfadado, para qué negarlo -el tío no tenía la serenidad entre sus virtudes-, pero no quería parecer muy duro en su respuesta. No lo consiguió pero le daba igual, ya era muy tarde y había que cenar; así que dejó la nota tal que así: “Vamos a ver Arsenio, hijo mío. No hagas el cafre y espérate que sino la vamos a liar y tampoco es plan que ya has visto donde han terminado Nicolás, Emilio y Paco el catalán. ¿Quieres lo mismo? Porque a mí irme a Francia no me sentaría bien, que el clima allí es malísimo para mis huesos. Aún así, haz lo que quieras pero ya te aviso, ¡ojito!”. Cuando la notita llegó a la tierra del Turia cada uno tenía unas sensaciones distintas. Antonio pensaba que le habría convencido -ingenuo-  y Arsenio, haciendo una bola al papel en su puño, no podía creer haber leído aquello de “¡ojo!”. “¿A mí amenazas?” -pensó. Así que no le tembló el pulso y tras un hablar esto por levante, y escribir aquello para Inglaterra decidió que se acabaron las tontunas y puso en pie de guerra a todo su pueblo. Vale que fue un día después de Santos Inocentes y la gente podría pensar que iba de broma pero no. Con gritos que decían todo lo contrario de lo que ha gritado un tonto llamado Joan Tardá 130 años después hizo que ‘Mister A’ regresase como duodécimo.

Agárrense el sombrero con el cabreo que se pilló mi primo Antonio aquí en Madrid cuando se enteró de lo que había pasado. Claro que no sólo le fastidió que Arsenio hiciese caso omiso de su nota, sino que también le jorobó el desayuno saber que su amigo Alfonso -por el que se fue con una carta hasta Inglaterra, ya había ganas- había aceptado la idea de Arsenio. “¿Y a mí que me den?” Dijo en alto mientras tiraba el churro con rabia sobre la mesa de madera ruda. Pero es que usted, don Antonio, es muy rabioso y no piensa las cosas con serenidad. Así que, para que vea, Alfonsín pensó en usted aunque antes vuestro amigo en común pidió un vino peleón y una charla para  que arreglaseis vuestras desavenencias Arsenio y usted. ¡Qué sería de nosotros sin la amistad! Pelillos a la mar a la tercera jarra de vino, con los carrillos sonrojados reconoce Arsenio que tenía que haber esperado y Antonio asiente, todavía malhumorado, que sí y que como siempre y hasta la eternidad, él tenía razón.

¿Y Alfonsín? Tan campante por Madrid porque, en realidad, a quien le benefició todo fue a él ya que le daba igual lo civil o lo criminal, en fútbol se llamaría resultadista y, en este caso, el resultado no pudo ser mejor. Sus dos amiguitos reconciliados y luchando contra sus enemigos al poco tiempo, la idea de pasar de él o de sus descendientes en España desterrada y él, después de un tiempo aprendiendo inglés allá por la Pérfida Albión como las buenas familias, otra vez aquí sentado en el trono, y no me refiero al del cuarto de baño.

Esta historia de amistad, semi-traiciones, reconciliaciones y objetivos cumplidos ha tenido -y seguirá teniendo- repercusión ya que es lo que estudiamos como Restauración. Sin hacerlo tan grandilocuente, como solemos hacer con todo aquí, es la historia de cualquier vida anónima en la que dos amigos con el mismo objetivo se pelean por ver quién lo consigue y mientras, el tercero, frotándose las manos. Ser el tercero siempre ha sido chachi, se pelean por ti y tú silbando a la Reina Madre o a quien sea. Bailar el agua nos caracteriza y cuando alguien, por convencimiento o lo que sea, deja de lamerse su propio cimbel y piensa en los demás se la dan en la cara con efectos especiales incluidos. El amigo Antonio -Cánovas- y Arsenio -Martínez Campos- son cualquier Antoñín o Perico. Nunca aprendemos de los errores, también es propio, así que estudiamos todo de carrerilla sin sacar conclusiones de historietas que si nos las contasen de boca criticaríamos pero como vemos en textos ni analizamos. España ha sido la historia del olvido, y lo sigue siendo.

19
Ene
09

Aplazado por obras

Debido a problemas que ni vienen al caso ni se iban a explicar hoy no se va a poder publicar el artículo semanal. Disculpen las molestias.

obras

12
Ene
09

Cuentistas profesionales

No sé si se han fijado en la facilidad que tiene el mundo titiritero para ser una cosa y, a la vez, su contraria. Yo si. Por poner un ejemplo hace poco más de cuatro años -en tiempo de El Elegido ‘Ansar’- los paniaguados y vividores del cuento que son nuestros actores, salvando muy contadas excepciones, salieron a la calle a protestar por eso de las pistolas, las guerras, los tíos mimetizados en Irak y vaya usted a saber qué más. Nada tengo en contra de tan culta protesta porque, de haber tenido más personalidad, y previo desafío a mi padre, me habría plantado allí. Si el Ejército Español va para allá que arré cuatro mamporros y a casa; pero no ir para hacer el canelo y ser el repartidor oficial de La Bella Easo, yo también me habría manifestado con ellos. Una pegatina de “No a la bollería industrial” en mi pecho y ancha es Castilla.

Pues bien, yo ya tenía posicionados a mis primos los que salen en la pantalla y van y me hacen esto. Hoy salen a la calle para quejarse de los ataques de Israel en Gaza. Los israelitas pueden ser unos hijos de la gran puta -que lo son- pero como cuando éramos pequeños, no empezaron ellos. Cuando Israel era una cagarruta de colibrí en el mapa -allá por 1948 y siguientes- se lo quisieron comer el ‘pobre y débil’ mundo árabe. ¿Qué pasó? Poca cosa. Los judíos resultaron dar hostias mejor que los curas y no sólo les mandaron a su país sino que, por las molestias, se quedaron parte de sus territorios.

Luego resultó que vino a creerse el Dios de la Paz -ni que fuese Zapatero- un tal Yasir Arafat al cual en Occidente le dimos hasta un Nobel de la Paz cuando no fue más que un terrorista con chaqueta. Era el Otegi de Palestina pero gobernando y con la complacencia de Europa. Y no se podía pedir más porque ya se sabe que si en Europa caes bien o no te tienen mucha tirria puedes hasta practicar el onanismo en público que aquí miraremos para otro lado y sino que se lo pregunten al señor Milosevic que estuvo haciendo lo que le salió de sus reales sitios hasta que vinieron, para vergüenza europea, Estados Unidos.

Lo que quería decirles es que aquí ni se es pacifista ni todo lo contrario sino que se es, simplemente, progre. Y en lo que consiste ser progre se lo explicaré algún día pero mientras tanto y a modo de aperitivo sepan que ser progre en España significa ser belicista si los oprimidos son el mundo árabe, el de la izquierda, el del porro y litrona y, en contraposición, ser pacifista simplemente por llevar la contraria ya que si el belicista es considerado socialmente ‘de derechas’ -aunque fuesen Gallardón o Rajoy que ya me dirán lo que tienen de derechas- usted tiene que ser pacifista hasta que le sangren las encías y llevar una pancarta del tamaño de la jeta de Pilar Bardem. La susodicha tendría un gran dilema acerca de a qué manifa asistir ya que en la de Madrid se vería arropada por corporativistas de profesión y en la de Irlanda estaría rodeada de esa gente tan amable y pacífica a la que le da por entregar rosas blancas. Que era amiga de los batasunos era conocido por este idilio floral y, además, la ofendería si no dijésemos que defiende el terrorismo palestino así que allí estaba hoy junto a los policías de Los Hombres de Paco -con lo bien que me cae Michelle Jenner- para demostrar que ahora sí somos belicistas. Que borren a Israel del mapa por Alá o por su puta madre, pero que desaparezca. No merecen vivir. La democracia en Israel es un poco de risa, al estilo de las primarias del pepé aquí, pero no quita para que, por lo menos, no sean gobernados por terroristas de pasamontañas. El Gobierno de Israel no se diferencia en tanto de aquel de los GAL que defendían contra viento y marea esos mismos actoruchos -menos Michelle que era muy pequeña- que hoy critican la fuerza de unos para repelar la fuerza de otros y piden cosas tan estúpidas como proporcionalidad. Si lo que querrán es que los soldados del ejército israelí suelten sus subfusiles y se embutan en explosivos y corran como el diablo contra población civil palestina. Resulta que Israel tiene un ejército, que miren contra quién tiran piedras. La proporcionalidad en el mundo yihadista no existe, lo que quieren es la aniquilación total de Israel así que, díganme progres de televisión, ¿entonces para que Israel sea proporcional debe aniquilar o querer aniquilar al mundo árabe que le rodea? Cabrones hay a un lado y otro de Gaza. El gobierno terrorista de Palestina tiene sus lanzaderas en azoteas civiles y en hospitales, lo que les convierte en los primeros hijos de la grandísima puta que les importa un rábano su población con tal de aparecer como los buenos de la película. A Zapatero ya se la han metido doblada. Michelle Jenner, Paco Tous, Adriana Ozores, Hugo Silva y, por supuesto, Pilar Bardem se han quedado de piedra al ver como ’su’ presidente Obama no ha salido a defender a Palestina. En Estados Unidos, deberían saberlo, se toman las cosas con más seriedad aunque sean unos gañanes incultos. Aquí somos los expertos en ser políticamente correctos y los mayores intolerantes al mismo tiempo y de ser una cosa y  su antípoda a la vez. No suele tener consecuencias porque quien lo mira lo acepta como normal. Y el non plus ultra de la mani es que, con el mismo motivo y como ya mencioné, De Juana Chaos salió a la calle en Irlanda. Si él se declara partidario de las ostras del Mar Muerto estarán conmigo en que tendríamos que ser -al menos yo lo sería- ferviente enemigo de dichas ostras ya que algo habrán hecho las muy golfas. Sólo por eso tendrían que esconder su cara los pancarteros de hoy ya que son iguales que él o, peor todavía, unos ignorantes.  Por mí que se den hostias hasta en el carné de identidad israelitas y palestinos en nombre de Javhé y Alá.

05
Ene
09

La Navidad y su espíritu

Por fin con ustedes tras una semana de parón del cual me siento -quizás porque lo soy- el único culpable. Y ya en 2009 que les escribo; estamos llenos de novedades. Espero que hayan sido buenos porque yo he seguido igual de gruñón que siempre así que alguien tendrá que cumplir con eso que nos quieren meter con calzador. Espíritu Navideño creo que lo llaman. Y no sé porqué tienen tanta manía en que seamos felices a base de música taladradora en El Corte Inglés, campanitas por las calles, el ‘jingle bells’ en los móviles de tus acompañantes de paseo o, lo que es peor, teniendo que aguantar palabras inconexas colgadas de las calles de Madrid.

Si además en Navidad no  le cambia nada a nadie, excepto a quien le toque la Lotería o a gente como los Kikos o el Opus que viven de un mensaje de paz que no cumplen consigo mismos. Incluso tengo que aguantar a familiares que nunca veo -si nunca les veo será por algo, no sé porqué tendría que tener ilusión por verles en esta época-. Aunque bueno, le dí una opción a estas fechas y huí de Madrid marchándome a Córdoba, pero no sirvió de nada porque si bien allí no capté a la gente sí me sirvió el trayecto en metro hasta Atocha para comprobar lo que estoy diciendo, que la gente en Navidad es igual de tonta del haba que en cualquier otra época.

Verbigracia. Como experiencia nueva mis padres y hermano -contando conmigo claro- decidimos pasar la Nochevieja en Córdoba como ya les dije así que,  no conforme con vivir esa única experiencia, decidimos ir hasta la estación del AVE (Atocha) en metro. Más o menos se tarda una media hora así que me preparé a oler y escuchar todo tipo de cosas en el suburbano. Para mi sorpresa -y para disfrute de los que se quejan de que sea tan cascarrabias- todo transcurría como uno espera que pase en un lugar civilizado. Sin gritos, ni móviles podía ir tranquilamente agarrado a la barra mientras hablaba con mi padre del error de ir a Córdoba. Pero no, el mundo se empecina en darme la razón. Cuando faltaban tres paradas montó en mi vagón y por mi puerta una invidente a la que ayudé a entrar y cedí el sitio al lado de la puerta mientras miraba al chico de unos treinta años que estaba sentado en el primer banco con una cara que cualquier -incluso él con su analfabetismo latente- podría leer en perfecto castellano ‘te levantarás, ¿no? Pipa con gafas”. Cuando el tren arrancó, un señor mayor que estaba sentado codo con codo con el chico este cedió el sitio a la ciega. Al chico no se le caía la cara de vergüenza. Pero eso no es todo, esta historia terminaría aquí y simplemente diríamos que el pimpollo con gafas es un maleducado que esperemos un día vaya con una hernia que no se pueda estirar y nadie le ceda el asiento pero hubo un detalle más para no sólo desear este pequeño mal sino que amplío a un ojalá hubieses tropezado al salir del vagón y te hubieses roto la nariz, por gañán. Resulta que una vez el tren arranca, una vez que el señor mayor cede el sitio a la chica y que yo me arrimo a mi padre para dejar al señor apoyarse y que no pierda el equilibrio, resulta que después de todo esto va el chico y se levanta. Mi cara de incredulidad fue perfeccionada en ese mismo momento porque no me lo podía creer, el chico se bajaba en la siguiente parada. Dirá que qué más dará, que no conoce a nadie del vagón y que para qué se va a levantar un par de minutos antes por una ciega o por un señor mayor.

Pues te podías levantar un par de minutos antes para ahorrarme esa cara que decía no puede ser verdad. Para ahorrar a mi padre darse la vuelta susurrando ‘gilipollas’ -palabra que no suele decir pero que me alegró enormemente porque descubrí que no era el único que pensaba que era un tonto del haba el tío-. Te podías, también, levantar un par de minutos antes para no atrofiar esas piernas tan descansadas que tienes no vaya a ser que te lesionen la rodilla y chafen una gran progresión como futbolista de elite o como modelo de ortopedias. También se me ocurre otra razón para que te levantases un par de minutos antes, para que alguna vez el mundo no me diese la razón y la gente se comportase como debiere. Es muy distinto hacer algo por ser lo políticamente correcto que por hacer lo correcto. No criticamos nada que pueda herir ‘no vaya a ser que…’ pero después que cada uno se lama su cimbel. El chico ese es mi último recuerdo de Madrid el día 31 de diciembre. Ojalá llegases descansado a donde fueres amigo, para así no sobresaltarte por la mala noticia que te daría tu novia de que te pone los cuernacos con tu mejor amigo que es un as en la cama y no como tú, que eres un perfecto descansado hasta en la cama.

21
Dic
08

Talión resucitado

Desde que era pequeño, echando una rápida cuenta, habría ajusticiado al amanecer a unas mil personas. Empezando por Alberto Morales -el alto de mi clase y, por ende, el abusón-, terminando por el señorito Barco, del que siento no recordar el nombre para poder ciscarme más claramente en él; y pasando por centenares de personas conocidas y desconocidas. Claro que nunca lo hacía; con gente como Morales porque era una obvia desventaja estratégica que yo fuese el enano de clase y el susodicho la torre. Aunque para eso estaba mi hermano mayor, Dios para estos casos de auxilio urgente. Pero en general no lo hacía porque pensaba que el mundo se encargaría de ajustar cuentas en su debido tiempo. ‘Dios castiga sin palo’ que decía mi madre.

Yo no es por contradecir a mi madre pero parece ser que Dios sólo castiga sin palo a los débiles, a los que hacen una pequeña trampa -de pícaro- para salirse con la suya. A mí, Dios me tenía machacado con el no palo de las narices. Cuando me negaba a comerme el bocadillo de paté de todas -y digo bien, todas- las tardes y se lo cambiaba al típico gordito por unos cuantos cromos mi madre me amenazaba con la cólera de Dios y éste ¡zas! y me castigaba sin palo. Castigar sin palo venía a ser que acto seguido de liársela a mi madre yo me hostiaba sólo o cualquier cosa por el estilo y entonces, como hacen las madres desde que el mundo es mundo, se acercaba a mí mientras yo me soplaba la rodilla magullada -tenía hasta puntitos de sangre por la arena- y cuando pensaba que iba a tener mimos un buen rato, te agarraba y te decía: “¿lo ves? te lo dije”. Empezabas a acordarte de Dios, del palo y de su santa divinidad protectora.

Como en todo hay otra teoría. La de la Ley del Talión; a continuación los débiles dirán eso de  que ojo por ojo y el mundo se quedará ciego. ¡Oh! que bonito ser progre. Ahora que digan que son ciudadanos del mundo, que su patria es la libertad y estarán más cerca de la tontería absoluta. Esta es la ley que se usa en los colegios y, no sé por qué extraña causa, los niños razonan con mucha mayor brillantez que los adultos -y ni punto de comparación entre la lógica de un niño de siete años y la de un pimpollo de quince-. Vale que quizás exagere porque no me parece lo más correcto esta teoría porque algo nos tiene que diferenciar de los animales, o eso dicen. En la práctica mi perra es mucho más noble que cualquier humanoide y la Ley del Talión nos permitiría deshacernos de gentuza y la teoría humanista de mi madre no sirve más que para, como todo, fastidiar al débil.

La Ley del Talión ha sido la que se lleva aplicando -cierto es que con muchos matices que no quiero comentar ahora así que ahórrense los comentarios humillantes para la inteligencia los alianzadores de civilaciones- en el mundo musulmán desde antes de que Mahoma fuese a la montaña. Verbigracia. Un pájaro roció la cara de su novia con ácido y, como es lógico, fue enjuiciado. Lo curioso -para mí hasta divertido porque no le conozco de nada- es que la sentencia la podría haber firmado el mismísimo Talión en persona. La condena consiste en que, al igual que él hizo, le rociarán en los ojos un ácido que le dejará ciego. Dice un médico -esto me lo comentó Luis esta semana- que las posibilidades son que se quede ciego un ratito o que se quede ciego para siempre. Si es sólo un tiempo al tipo le ha salido la jugada de lujo, dirán que no. Pero como sea para siempre, aquí está el problema y entramos en una de las discusiones universales; lo que es justo o no. Dirá Ana Llano, profesora sectaria, analfabeta y fundamentalista católica de Derecho, que la justicia está en el corazón de la gente; claro que si es otra justicia de la que piensa ella entonces lo que hay que hacer es arrancarle el corazón y ponerle otro. Y luego dicen que los peligrosos son los musulmanes. La teoría contraria es la de que si para ellos eso es justo, adelante. Este es el mayor ejemplo de pasotismo oculto en la progresía occidental -de la que se creen expendedores de carnés en España- ya que lo que vienen a decir es que cada palo se aguante su vela.

De lo único que estoy totalmente seguro es de que no me da ninguna pena el tío ese con gafas al que le van a mojar la cara. Una ventaja es que no tendrá que volver a usar anteojos. Si el hijo de puta fue tan persona para razonar y decidir joderle la vida a otra persona que lo sea para aguantar estoicamente su castigo pero claro -y esta es otra- en los tiempos modernos somos muy machos para hacer el mal o para hacer lo que nos de la gana con el rollo ese de la libertad mal entendida pero después nada de responsabilidades. Es que yo no sabía, perdónenme, no ven que estoy enfermo u otras memeces. Antaño el único que lloró -figurada y realmente- sin querer ser consecuente fue Boabdil, y así le fue. Incluso los ha habido capaces de suicidarse. En Japón todavía tienen esa buena práctica de justicia personal. ¿Se imaginan aquí a alguien suicidándose por propia conciencia? Antes vemos a Rajoy tener liderazgo.

El problema no es que le vayan a tirar ácido a la cara -para él igual sí es el problema- ya que, en realidad, es una justicia coactiva bastante más eficaz que la que tenemos en la que todos los grandísimos cabronazos se pensarían dos veces meterle cuarenta cuchilladas a su ex-pareja si supiesen que su castigo serán proporcional. Una limpieza social como Dios, con palo o sin él, manda. El problema es que estamos en la época de la escandalización. Si un niño le corta las patitas a una hormiga es un futuro Charles Manson, si otro le roba un par de tazos a otro es un Julián Muñoz en potencia y si otro se toma la justicia por su mano -normalmente mucho más justa- es un Vera o Barrionuevo de la vida. No miremos tan lejos cuando la casa está sin barrer. Aquí se escandalizan de esa condena y se aplaude que un juez sentencie a cárcel a una madre por darle un sopapo a su hijo. Hay que ser gilipollas, soplavidrios, chupapollas y un auténtico hijo de puta para pensar que eso es justo. Los tolerantes políticamente correctos son los que ponen el grito en el cielo con todo esto y ellos son el auténtico peligro. Ahora hay que ser por obligación progre, pro todo lo que sea “social” e incluso pro-vida. ¿Pro-vida de qué? ¿De gente que se merecería que Vlad el Empalador se divirtiese con ellos? no quiero que las asociaciones de Derechos Humanos me lleven al Tribunal de La Haya -y menos ahora con el aniversario de la Declaración Universal- pero qué pesados rediós. Hay gente que merece ser ajusticiada al amanecer y punto. Este hijo de puta, demás maltratadores, De Juana, Txeroki, la familia Santander (padre e hija por lo menos) son ejemplos. La justicia no es universal así que no exportemos modelos que distan mucho de ser perfectos y razonemos un poco más allá del yo, yo y yo. Sin gente como ellos, además, empezaría a creer en el hombre un poco más que en mi perra.

14
Dic
08

Una hostia a tiempo

Cuando era pequeño era un cabrón. Ahora quizás también, pero cuando mi única preocupación era jugar al fútbol y ver Bola de Dragón lo era con malicia aunque, eso sí, con una picardía innata. Dirán que menuda afirmación gratuita les acabo de soltar. Tienen razón pero no en lo de la gratuidad, ya que justifica la cantidad de bofetadas, capones y zapatilladas que me he llevado.

Resultaba divertido comprobar a menudo lo fácil que era que mi hermano se llevase un capón de mi padre. Bastaba con gritar y sollozar en el preciso instante en que mi hermano se colocaba a una distancia en la que me pudiese pegar. Lo veía mi padre, se levantaba, capón y para su cuarto. Los tebeos de Zipi y Zape y Mortadelo para mí toda la tarde. La venganza de mi hermano no se hacía esperar, pero las hostias entre hermanos son parte del juego. Desde que lo acepté como cosustancial a la convivencia con él todo me fue mejor. Este juego cambiaba si sustituimos padre por madre. Mi hermano es el ojito derecho de nuestra santa madre así que con la misma acción sólo conseguía que mi madre, sin mirarnos, dijese: “Diego, deja a Jaime en paz”. Claro, si ese era el único castigo ni Zipi, ni Zape, ni Mortadelo y, además, leche de mi hermano por intentar meterle en un lío. Hay veces que la situación cambiaba -pero no los protagonistas-. Verbigracia. Mi hermano y yo desobedeciendo los gritos de mi madre de que nos callásemos y dejásemos de pelear hasta, por supuesto, el momento en que comenzabas a oir unos pasos rápidos hacia tu posición -solía ser después del trigésimo-cuarto aviso-. Instintivamente cada uno se iba a su cuarto lo más rápido que podía y yo, personalmente,me ponía a mirar al techo escudriñando hasta el más mínimo detalle. Mi madre, que como todas no es tonta, se acercaba con la zapatilla en la mano y ¡zas!.

Recuerdo mi infancia como una travesía divertida en la que ser más espabilado era una ventaja -como hablé de ellos diré que las andanzas de Zipi y Zape ayudaban con alguna trastada-. Claro que con los padres era distinto. A los chicos se la podías liar con cosas del tebeo porque había algunos que ya tenían consola y fueron abducidos por ella. La primera vez que pataleé por una consola -llegando a usar el recurso de ¡al suelo! en lugar público- fue resuelto por mi padre con una colleja. Me levanté inmediatamente, se me cortó el derrame de lágrimas de cocodrilo y el sollozo que de verdad me llegaba por la leche fue suprimido con hombría -en mi corta edad- ante el miedo de otra nueva represalia. Cuando, oculto en una servilleta, tiraba a la basura comida que no me gustaba o que, simplemente, no me apetecía mi madre me perseguía por el pasillo hasta mi habitación -considerado por mí lugar neutro, mi madre incumplía una y otra vez ese pacto internacional- donde siempre me terminaba arrinconando y diciendo la frase que, en mi casa, sólo significaba una cosa: “Quítate las gafas”. Hasta para darte un bofetón era considerada. No quería que me las clavase o quizás no se las quería clavar ella o, mejor todavía, no iba a romper algo que había pagado ella. El último recurso -de perdidos al río- que nos quedaba a mi hermano y a mí era negarnos -maldita la hora-. La segunda vez que nos amenazó con lo de las gafas nos faltó tiempo para quitárnoslas. Incluso creo que mi hermano ya se las había quitado antes de que dijese nada. Muchas veces, seguramente todas, implorábamos nuestro perdón aunque no solíamos conseguir resultados. Lo máximo que conseguíamos era que a los cinco minutos del bofetón por tirar la comida, pegarme con mi hermano -técnicamente era ser pegado por él-, pintar el sofá, cruzar la calle sin mirar, jugar con la pelota por la acera o en casa, por gamberradas colegiales de las que se chivaban esos traidores llamados profesores o esas niñas a las que les molestaba que se les viesen las bragas, o por algo que no recuerde pero que, seguramente, me lo mereciese llegaba mi madre con cara de pena y te pedía perdón, ¡a ti!. Tú hacías la gamberrada y como ponías cara de ser la víctima cuando te metían con la mano abierta les hacías sentir culpable. Aunque nunca entenderé la frase de que le dolía más a ella que a mí, algo que sigo dudando todavía hoy. Lo que no dudo es que esas hostias -y otras que me llevé-  me las tuve más que merecidas e, incluso, hubo gamberradas que se quedaron sin ese castigo. Menos mal que por aquel entonces éramos, la sociedad, un poco menos gilipollas y pegar un sopapo en público a tu hijo no era motivo de nada más que de un “¡a saber la que le ha liado!”. Y me anticipo a los gilipollas que suelen leer y no entender nada para decirles que es distinto un sopapo que el maltrato y que eso se nota a la legua con un poquito de vista que se tenga y un poquito -no demasiado- de intelecto.

Pues hay gilipollas que siguen sin entender esa diferencia. Los tontos del haba de un colegio que denuncian a una madre por abofetearle. Cuánto mal hacen series de profesores como colegas enrollados cuando en realidad lo que deben ser es maestros educadores respetables y no jugar a personaje de televisión. Un hijo lanza una zapatilla a su madre al recibir una bronca, esa es la acción. La reacción, pues collejón por espabilado. Excepto para Yupi, los que viven en su mundo y para una juez de Jaén que dicta sentencia contra la madre. Juez soplapollas, eriza, abrazafarolas y cualquier otro adjetivo despectivo y compuesto que se les ocurra aunque, en resúmen y haciendo uso una vez más de mi palabra favorita, es una hija de la grandísima puta. Separar a un hijo de su madre durante un año por un bofetón -el hijo, además, dice y redice que se lo merecía y aunque no lo dijese, ya se lo digo yo-  y encasquetarle a la madre antecedentes penales se me antoja una memez. Esta sentencia sólo está a la altura argumental de un borracho, de algún pacifista estúpido como Pepiño o de un yonki pacifista -todo junto-. Una juez abrazada a unas ideas enfermizas de progresismo y de lo políticamente correcto o a una botella de Dyc puede hacer mucho daño. Lo triste es que haya gente que piense que menos mal que está la borracha pacifista para hacer justicia, que cómo se le va a pegar a un menor por muy hijo y por muy mal que se porte, ¡cómo vamos a permitir eso en el año del sesenta aniversario de la Declaración de Derechos Humanos! Falta Berzosa  para completar el elenco de progresistas amigos de los niños. Es vergonzoso asistir al debate de si son malos tratos o  ‘derecho de correción’ -así lo llaman-  de los padres. La mera suposición de que son malos tratos causa sonrojo y nos hace peores como personas. Pero, una vez más, que se puede esperar de una sociedad en la que todo vale con tal de ganar, donde lo políticamente correcto significa libertinaje, donde se incumplen los más elementales principios del sentido común -si alguien de los que decidiese tuviese sentido común y principios claro-, donde el pacifismo -gracias también a una Ministra de Defensa que dice que el Ejército es pacifista- es el non plus ultra de lo ‘guay’ y todo lo demás es violencia gratuita.

Si esa bofetada -esa, sólo una- se merece prisión, mis padres estarían en el corredor de la muerte. Aunque, extraño síndrome de Estocolmo el mío que les quiero y adoro, les agradeceré mil veces la educación que me dieron y, por supuesto, no les tengo que perdonar los bofetones sino que ellos me tienen que perdonar las capulladas que hice. Porque eso forma parte de la educación ya que una mala acción debe llevar consigo un castigo a la altura y no una mala mirada con conversación trascendental sobre el bien y el mal con ocho años que es lo que defienden -entre otras memeces propias- los psicopedatontos del siglo XXI y, al parecer, la juez estrella de Jaén. Y las asociaciones pro-todo por obligación aplaudiendo la decisión. Si es que una hostia a tiempo quita mucha tontería.